Jessica Zermeño
Durante toda su infancia Meli tuvo una seria inquietud por tener como mascota un pez. Alguna vez tuvo una tortuga, una muy grande. Que vivió en el patio de su casa y solía esconderse entre la tierra de la Duquesa, la perra pastor alemán que gustaba de perseguirla. Hasta que un día no se le vio más andar con ese particular ritmo sin presiones. Su caparazón estaba vacío.
La esperanza de tener un lindo pececito, se fue perdiendo poco a poco, por la seria paranoia de su madre.
“Los peces traen mala suerte porque son de agua salada” y cuando en algún momento a Meli se le ocurrió cuestionar tan ridículo argumento, descubrió que la mala información venía de varias generaciones atrás. Cuando la bisabuela se lo dijo a la abuela y ella a su vez a la madre de Melisa.
La adolescencia ayudó para que se olvidara de los peces. Al parecer la extraña apatía por los peces, ya experimentada en tres generaciones, estaba llegando a la cuarta. Pero se hizo más evidente cuando, Augusto, el novio de Meli, gran aficionado a los peces, trajo de nuevo ese viejo gusto infantil a su vida.
Él tenía una linda pecerita en su oficina, con varios especimenes y se propuso regalarle un pez. Ella se negó. Eso de tener peces en casa “trae mala suerte”, dijo tajante.
En cierta ocasión, le advirtieron de un gran regalo que la esperaba en casa de sus padres. Tardó ciertos días en pasar por su presente. Con gran sorpresa recibió una plantita, que detrás de su raíz guardaba un chistoso pez delta color rojizo. Melisa lo vio extrañada. Con cierto disgusto pero no podía hacerle el desaire a su madre.
Lo llevó a su departamento. El silencioso estado en el que vivía se le olvidó, porque como loca solía hablarle a quien había llamado “Gregorio”. Presumió al nuevo inquilino con todos sus amigos. Pero el gusto duró poco, sólo cuatro días. Cuando al grito de “ya llegue Gregorio”, su corazón se estremeció al verlo flotando aletas arriba. Y aquel color rojo cambió a azul. Sólo pudo tomar el teléfono y anunciar la muerte de Gregorio. Hubo quien la acusó de haberlo matado por haberle cambiado el agua sin las debidas precauciones, lo cierto es que la pérdida le dolió muchísimo.
A los dos días, su madre le entregó al renovado Gregorio Segundo, quien llegó desde hace tres semanas y a aprendido a vivir en feliz convivencia con Meli, la asesina de peces.
3/15/2005
3/07/2005
¡Ser mujer es…!
Jessica Zermeño
Inexplicable, es necesario ser mujer para experimentar este hermoso género. En algún momento de mi vida llegué a pensar, algo que pasa por la cabeza de muchas: ¿Y si hubiera sido hombre?… Esto orillada por las difíciles pruebas que nos pone la sociedad.
Solemos ser juzgadas, no al igual que los hombres y las diferencias siempre son marcadas, sobre todo en una cultura con cortinas de un denso humo, llamado machismo.
Y desde pequeñas muchas escuchamos: ¿por qué no fue hombrecito?
Son pocos los padres que les dedican su tiempo, con la misma pasión que a sus hijos varones. Suelen hablar poco con ellas. Hacen una notable distinción entre ellos y ellas.
En la escuela, la oficina, en la calle, muchas suelen ser objeto de humillaciones cuando se les discrimina y son víctimas de algún tipo de acoso, tras esa falsa idea de que las mujeres pueden ser todo, menos un ser humano que siente y piensa.
Y aún así nos apasiona nuestra vida. La llenamos de ilusiones y alegrías. En las tardes frías, lloramos en soledad, sin una aparente explicación. Sólo porque un enorme sentimiento nos recorre.
Cambiamos de humor como logramos alcanzar las estrellas, en cuestión de segundos.
Somos capaces de sobreponernos de las peores derrotas y enmendar el camino para buscar la meta. Poco a poco hemos roto muchos tabúes y conquistado nuevos retos. El 2005 nunca será como hace un siglo.
Ser mujer es ser inocente, capaz, decidida, inexplicable, afortunada, sensible, misteriosa, inteligente, apasionada, audaz, creativa, complicada, llorona, coqueta, orgullosa, analítica, estratega, competitiva, noble, con alma de mártir, dramática, dispuesta a perdonar, a dar amor sin condiciones y a engendrar vida.
Hoy sé que si hubiera sido hombre, muchas cosas serían más fáciles, pero de verdad que habría deseado ser mujer…
Inexplicable, es necesario ser mujer para experimentar este hermoso género. En algún momento de mi vida llegué a pensar, algo que pasa por la cabeza de muchas: ¿Y si hubiera sido hombre?… Esto orillada por las difíciles pruebas que nos pone la sociedad.
Solemos ser juzgadas, no al igual que los hombres y las diferencias siempre son marcadas, sobre todo en una cultura con cortinas de un denso humo, llamado machismo.
Y desde pequeñas muchas escuchamos: ¿por qué no fue hombrecito?
Son pocos los padres que les dedican su tiempo, con la misma pasión que a sus hijos varones. Suelen hablar poco con ellas. Hacen una notable distinción entre ellos y ellas.
En la escuela, la oficina, en la calle, muchas suelen ser objeto de humillaciones cuando se les discrimina y son víctimas de algún tipo de acoso, tras esa falsa idea de que las mujeres pueden ser todo, menos un ser humano que siente y piensa.
Y aún así nos apasiona nuestra vida. La llenamos de ilusiones y alegrías. En las tardes frías, lloramos en soledad, sin una aparente explicación. Sólo porque un enorme sentimiento nos recorre.
Cambiamos de humor como logramos alcanzar las estrellas, en cuestión de segundos.
Somos capaces de sobreponernos de las peores derrotas y enmendar el camino para buscar la meta. Poco a poco hemos roto muchos tabúes y conquistado nuevos retos. El 2005 nunca será como hace un siglo.
Ser mujer es ser inocente, capaz, decidida, inexplicable, afortunada, sensible, misteriosa, inteligente, apasionada, audaz, creativa, complicada, llorona, coqueta, orgullosa, analítica, estratega, competitiva, noble, con alma de mártir, dramática, dispuesta a perdonar, a dar amor sin condiciones y a engendrar vida.
Hoy sé que si hubiera sido hombre, muchas cosas serían más fáciles, pero de verdad que habría deseado ser mujer…
Misceláneas
Carlos Alberto Patiño
Ahora los nombres están en inglés o comienzan con el prefijo latino súper. Sin embargo, las tiendas de moda no han desplazado por completo a las clásicas misceláneas. Lo que sí se ha ido perdiendo es el ingenio para denominarlas.
Por ahí queda una “Lupita” o la recurrente “Don Pepe”.
Antaño, como que había más imaginación. Recuerdo una que se llamaba “Las quince letras”. Tiempo me llevó descifrar el enigma de ese extraño nombre. Y era sencillo, sólo se debía contar los caracteres.
Otra había que se llamaba “La Y griega”, porque estaba en una bifurcación de calles. Menos misteriosa era la que se llamaba “Las seis esquinas”.
Una, obviamente influida por la propaganda de guerra, recibía el rimbombante apelativo de “La victoria de las democracias”.
“La ventanita”, como es de preverse, era un tendajón instalado en una recámara con vista a la calle.
Empero, la que más recuerdo no tenía nombre. La conocíamos como el puesto de Amadita. Sólo vendía golosinas: chicles de bola de a diez y veinte centavos, charamuscas, alegrías, trompadas y suertes, que eran un cilindro de cartoncillo forrado con papel de china y que contenía un pequeño juguete y dulces o minichicles.
En realidad, cosas simples. Únicamente para satisfacer las necesidades de un conjunto de chamacos golosos y para permitirle sobrevivir a la anciana propietaria.
Ahora los nombres están en inglés o comienzan con el prefijo latino súper. Sin embargo, las tiendas de moda no han desplazado por completo a las clásicas misceláneas. Lo que sí se ha ido perdiendo es el ingenio para denominarlas.
Por ahí queda una “Lupita” o la recurrente “Don Pepe”.
Antaño, como que había más imaginación. Recuerdo una que se llamaba “Las quince letras”. Tiempo me llevó descifrar el enigma de ese extraño nombre. Y era sencillo, sólo se debía contar los caracteres.
Otra había que se llamaba “La Y griega”, porque estaba en una bifurcación de calles. Menos misteriosa era la que se llamaba “Las seis esquinas”.
Una, obviamente influida por la propaganda de guerra, recibía el rimbombante apelativo de “La victoria de las democracias”.
“La ventanita”, como es de preverse, era un tendajón instalado en una recámara con vista a la calle.
Empero, la que más recuerdo no tenía nombre. La conocíamos como el puesto de Amadita. Sólo vendía golosinas: chicles de bola de a diez y veinte centavos, charamuscas, alegrías, trompadas y suertes, que eran un cilindro de cartoncillo forrado con papel de china y que contenía un pequeño juguete y dulces o minichicles.
En realidad, cosas simples. Únicamente para satisfacer las necesidades de un conjunto de chamacos golosos y para permitirle sobrevivir a la anciana propietaria.
3/01/2005
Para llevar
Carlos Alberto Patiño
Se llamaba Marcela. Tenía una figura estilizada, a la Marlene Dietrich o a la Andrea Palma, para ponerlo en términos más locales.
La recuerdo siempre bien arreglada. Era secretaria en el negocio de mi padre.
El relato que sigue lo conozco de oídas, pues no estaba yo en edad de presenciarlo.
Fue por un cumpleaños, un viernes social o por el puro ánimo de parrandear que un grupo de empleados decidió salir a tomar una copa. Así se dice, pero en realidad fueron bastantes más, como se verá.
Acudieron a un centro nocturno, que es como se denominaba entonces a los que ahora llaman antros. En esa época, antro era un tugurio, un sitio de mala muerte. En los centros nocturnos se bailaba y se bebía, como en los actuales antros.
Bien, menos explicaciones y más historia.
Empezaron a correr las copas de marras. Corrieron, corrieron y corrieron.
Se hizo tarde y se acabó el servicio. Los apresuraban a terminar sus últimos tragos y salir.
Había que irse, pero Marcela tenía un high ball o un martini casi entero. A ella no le apetecía tomar la bebida de sopetón ni quería dejarla. Hubo nuevas presiones de los meseros para que ya abandonaran el local. Era la época de Ernesto P. Uruchurtu, el llamado Regente de Hierro, y cualquier violación a los horarios podía significar una clausura.
-Pues me la llevo, dijo Marcela, y vertió el vaso o copa en su bolso. Con toda propiedad se levantó y dijo vámonos.
A la mañana siguiente, lo peor no fue la cruda, sino la sorpresa que se llevó cuando buscaba el bilé.
Se llamaba Marcela. Tenía una figura estilizada, a la Marlene Dietrich o a la Andrea Palma, para ponerlo en términos más locales.
La recuerdo siempre bien arreglada. Era secretaria en el negocio de mi padre.
El relato que sigue lo conozco de oídas, pues no estaba yo en edad de presenciarlo.
Fue por un cumpleaños, un viernes social o por el puro ánimo de parrandear que un grupo de empleados decidió salir a tomar una copa. Así se dice, pero en realidad fueron bastantes más, como se verá.
Acudieron a un centro nocturno, que es como se denominaba entonces a los que ahora llaman antros. En esa época, antro era un tugurio, un sitio de mala muerte. En los centros nocturnos se bailaba y se bebía, como en los actuales antros.
Bien, menos explicaciones y más historia.
Empezaron a correr las copas de marras. Corrieron, corrieron y corrieron.
Se hizo tarde y se acabó el servicio. Los apresuraban a terminar sus últimos tragos y salir.
Había que irse, pero Marcela tenía un high ball o un martini casi entero. A ella no le apetecía tomar la bebida de sopetón ni quería dejarla. Hubo nuevas presiones de los meseros para que ya abandonaran el local. Era la época de Ernesto P. Uruchurtu, el llamado Regente de Hierro, y cualquier violación a los horarios podía significar una clausura.
-Pues me la llevo, dijo Marcela, y vertió el vaso o copa en su bolso. Con toda propiedad se levantó y dijo vámonos.
A la mañana siguiente, lo peor no fue la cruda, sino la sorpresa que se llevó cuando buscaba el bilé.
2/21/2005
¡El show debe continuar!
Jessica Zermeño
Nunca recordó si alguna vez tuvo pánico escénico. Sabía de aquellas personas que eran obligadas a salir en los festivales escolares. Vestidos con ridículos disfraces. Pero no era su caso. El primer evento masivo del que tenía memoria -y no gracias a su buena cabeza, sino a la magia de la fotografía-, se veía sonriente, feliz de la exhibición. Al contrario de las otras niñas apenadas a su alrededor. Las experiencias fueron llegando poco a poco. Por lo menos una por año, todos los 10 de mayo.
Fue en 1988, cuando tuvo su primer antagónico en un curso de verano. Montaron en obra, la película “Bailando bajo la lluvia”. Ella era la villana. Y si hay papeles divertidos en el teatro, ¡no hay duda de que son los de los malos!
Usó pelucas, vestidos largos -muchos-, se pintó la boca, los ojos, las pestañas y tuvo su propio micrófono. En fin para una niña de ocho años, eso si que era glamoroso.
Luego tuvo otras experiencias. Le gustaba disfrutar del calor de las luces. De esas que se encienden para sólo iluminarla a ella. De la mirada de un público crítico, amable, distraído, ingenuo, impresionado, asustado, risueño. En fin de todos los que ese día asistieran y se dejarán conquistar.
El primer autógrafo se lo dio a un par de niños, de no más de seis o siete años. Le regalaron una flor que cortaron del jardín y pidieron unas dedicatoria en una hoja de papel. Las lágrimas cayeron, no era algo que esperaba tras una función donde la autocrítica era más cruel que la del director.
Los días en el viejo teatro Enrique Ramírez y Ramírez transcurrieron sin sentir. Las paredes del camerino guardaron las lágrimas, los días de trabajo incansable, los problemas personales entre el grupo, la felicidad tras una función gratificante, las historias de fantasmas y la leyenda de que el escenario decide cuanto tiempo estarás en el. Los mejores aplausos se quedaron ahí, haciendo eco entre las butacas vacías y el escenario que sigue desgastándose por culpa de una gotera. Su energía se quedó atrapada ahí el día que tuvo que abandonar ese rincón de la cultura en la colonia Morelos. Una extraña enfermedad la hizo bajarse del show... Fue duro ver que éste continúo sin ella...
Nunca recordó si alguna vez tuvo pánico escénico. Sabía de aquellas personas que eran obligadas a salir en los festivales escolares. Vestidos con ridículos disfraces. Pero no era su caso. El primer evento masivo del que tenía memoria -y no gracias a su buena cabeza, sino a la magia de la fotografía-, se veía sonriente, feliz de la exhibición. Al contrario de las otras niñas apenadas a su alrededor. Las experiencias fueron llegando poco a poco. Por lo menos una por año, todos los 10 de mayo.
Fue en 1988, cuando tuvo su primer antagónico en un curso de verano. Montaron en obra, la película “Bailando bajo la lluvia”. Ella era la villana. Y si hay papeles divertidos en el teatro, ¡no hay duda de que son los de los malos!
Usó pelucas, vestidos largos -muchos-, se pintó la boca, los ojos, las pestañas y tuvo su propio micrófono. En fin para una niña de ocho años, eso si que era glamoroso.
Luego tuvo otras experiencias. Le gustaba disfrutar del calor de las luces. De esas que se encienden para sólo iluminarla a ella. De la mirada de un público crítico, amable, distraído, ingenuo, impresionado, asustado, risueño. En fin de todos los que ese día asistieran y se dejarán conquistar.
El primer autógrafo se lo dio a un par de niños, de no más de seis o siete años. Le regalaron una flor que cortaron del jardín y pidieron unas dedicatoria en una hoja de papel. Las lágrimas cayeron, no era algo que esperaba tras una función donde la autocrítica era más cruel que la del director.
Los días en el viejo teatro Enrique Ramírez y Ramírez transcurrieron sin sentir. Las paredes del camerino guardaron las lágrimas, los días de trabajo incansable, los problemas personales entre el grupo, la felicidad tras una función gratificante, las historias de fantasmas y la leyenda de que el escenario decide cuanto tiempo estarás en el. Los mejores aplausos se quedaron ahí, haciendo eco entre las butacas vacías y el escenario que sigue desgastándose por culpa de una gotera. Su energía se quedó atrapada ahí el día que tuvo que abandonar ese rincón de la cultura en la colonia Morelos. Una extraña enfermedad la hizo bajarse del show... Fue duro ver que éste continúo sin ella...
2/14/2005
El Abuelo
Jessica Zermeño
Era una tarde de viernes. de visita en casa de los abuelos. mis hermanas y yo solíamos llevar toda clase de juguetes para divertirnos jugando en la casita de madera, propiedad de todos los nietos.
La tarde transcurría y llegaba la hora de volver a casa. a mi abuelita le gustaba mucho que estuviéramos con ella, así que la tarea de convencimiento para que mi papá nos dejara a dormir comenzaba.
-Andale, mi hijito, déjame a las niñas, vienes por ellas el domingo, decía mi abuelita Raquelito.
Mi papá aceptaba tras nuestra promesa de portarnos bien y cómo no hacerlo, si don Epi , mi abuelo, sí que imponía respeto.
Un hombre muy alto, fuerte, de carácter menos tierno que el de la abuela; siempre serio. a veces preocupado.
Por las noches solíamos hacer muchas travesuras en la recamara. La tentación de ver dos camas individuales era irresistible. Brincábamos de un lado a otro, siempre en silencio. Alguna de nosotras se quedaba en la puerta para vigilar que don Epi no llegara.
Hace poco estuve de regreso. Han pasado mas de 15 años desde aquellos días. Don Epi ya no me aterroriza, aunque sigue siendo el mismo tipo alto y fuerte que promete darme un par de nalgadas si me porto mal.
Era una tarde de viernes. de visita en casa de los abuelos. mis hermanas y yo solíamos llevar toda clase de juguetes para divertirnos jugando en la casita de madera, propiedad de todos los nietos.
La tarde transcurría y llegaba la hora de volver a casa. a mi abuelita le gustaba mucho que estuviéramos con ella, así que la tarea de convencimiento para que mi papá nos dejara a dormir comenzaba.
-Andale, mi hijito, déjame a las niñas, vienes por ellas el domingo, decía mi abuelita Raquelito.
Mi papá aceptaba tras nuestra promesa de portarnos bien y cómo no hacerlo, si don Epi , mi abuelo, sí que imponía respeto.
Un hombre muy alto, fuerte, de carácter menos tierno que el de la abuela; siempre serio. a veces preocupado.
Por las noches solíamos hacer muchas travesuras en la recamara. La tentación de ver dos camas individuales era irresistible. Brincábamos de un lado a otro, siempre en silencio. Alguna de nosotras se quedaba en la puerta para vigilar que don Epi no llegara.
Hace poco estuve de regreso. Han pasado mas de 15 años desde aquellos días. Don Epi ya no me aterroriza, aunque sigue siendo el mismo tipo alto y fuerte que promete darme un par de nalgadas si me porto mal.
Todavía, y qué mejor
Carlos Alberto Patiño
Los celulares son un problema. Tienen proclividad a perderse, pero, sobre todo, a ser robados. Yo he tenido varios. Unos se han ido en manos de asaltantes y otros se han caído, sin avisar, en taxis, calles y avenidas.
Mi hija pequeña ha sido despojada de todos los teléfonos que le he regalado, como lo fue la mayor, en un secuestro exprés, del aparato que con muchos esfuerzos se compró. Mi pareja, mujer cuidadosa por naturaleza, tuvo que entregar el suyo con el persuasivo argumento de un cañón de pistola.
Amigos tengo que los han olvidado en cantinas, otros los han cedido a mujeres efímeras, nada más por mantener la ilusión de reencontrarlas.
Eso pasa con estos adminículos tecnológicos.
Pero mi última experiencia con la pérdida de celulares tuvo un desenlace inverosímil.
Apuesto a que no me lo van a creer, pero así sucedió.
Tomé un taxi. No me gustó la forma en la que el taxímetro contabilizaba el servicio, y se lo dije al chofer.
Me bajé de mal humor, por sentirme abusado. Subí los cinco pisos que separan mi alojamiento del nivel de la calle. Y, al empezar a despojarme de los objetos cotidianos me di cuenta de que no traía el teléfono.
Se lo dije a mi pareja. Ella de inmediato marcó el número. No obtuvo respuesta, pero sí un dato. El celular no estaba apagado. Lo volvió a intentar, y le contestó el taxista. Sí, el teléfono era de su último cliente. Sí. Estaba dispuesto a devolverlo.
Le pagué el costo de la dejada para traerlo. Le agradecí con profusión la entrega. Me arrepentí de mis reclamos por la tarifa. Y me quedé sorprendido.
En esta ciudad... Todavía hay gente honrada.
Y qué mejor.
Los celulares son un problema. Tienen proclividad a perderse, pero, sobre todo, a ser robados. Yo he tenido varios. Unos se han ido en manos de asaltantes y otros se han caído, sin avisar, en taxis, calles y avenidas.
Mi hija pequeña ha sido despojada de todos los teléfonos que le he regalado, como lo fue la mayor, en un secuestro exprés, del aparato que con muchos esfuerzos se compró. Mi pareja, mujer cuidadosa por naturaleza, tuvo que entregar el suyo con el persuasivo argumento de un cañón de pistola.
Amigos tengo que los han olvidado en cantinas, otros los han cedido a mujeres efímeras, nada más por mantener la ilusión de reencontrarlas.
Eso pasa con estos adminículos tecnológicos.
Pero mi última experiencia con la pérdida de celulares tuvo un desenlace inverosímil.
Apuesto a que no me lo van a creer, pero así sucedió.
Tomé un taxi. No me gustó la forma en la que el taxímetro contabilizaba el servicio, y se lo dije al chofer.
Me bajé de mal humor, por sentirme abusado. Subí los cinco pisos que separan mi alojamiento del nivel de la calle. Y, al empezar a despojarme de los objetos cotidianos me di cuenta de que no traía el teléfono.
Se lo dije a mi pareja. Ella de inmediato marcó el número. No obtuvo respuesta, pero sí un dato. El celular no estaba apagado. Lo volvió a intentar, y le contestó el taxista. Sí, el teléfono era de su último cliente. Sí. Estaba dispuesto a devolverlo.
Le pagué el costo de la dejada para traerlo. Le agradecí con profusión la entrega. Me arrepentí de mis reclamos por la tarifa. Y me quedé sorprendido.
En esta ciudad... Todavía hay gente honrada.
Y qué mejor.
2/03/2005
El gran Melquíades
Carlos Alberto Patiño
Melquíades trabajaba en una cerrajería. Era buenísimo en su oficio, ninguna chapa se le resistía.
Tal era su fama, que los bomberos acudían con frecuencia a él para abrir las puertas de viviendas que se incendiaban.
Eso le valió el reconocimiento de propietarios que le agradecían haber evitado mayores daños por la rapidez con la que permitía el paso de los rescatadores y por salvar la puerta de recibir un buen hachazo.
El dueño de la cerrajería, don Pepe, estaba muy orgulloso de su empleado. En ratos de ocio, competían por ver quién resolvía con más velocidad el acertijo de una cerradura.
Incluso lo vi lidiar con una caja fuerte.
Todo de maravilla, hasta que llegó el día de su gran vergüenza, el oprobio de un fracaso.
Llegó un automovilista al local para solicitar que se arreglara la chapa de la portezuela. Melquíades tomó su herramienta y ofreció tener resuelto el problema en breve lapso. El conductor le respondió que no había prisa, pues debía realizar algunas diligencias.
Volvió a las dos horas, solo para encontrar al cerrajero atribulado frente al auto.
-¿Qué pasó? ¿Todavía no está lista?
-Híjole, respondió, no puedo abrir la chapa...
El dueño del vehículo soltó una sonora carcajada.
-¿Pues no que eras muy bueno en esta chamba? Resultaste bastante tarugo. Fíjate cómo la abro yo para que aprendas.
El hombre estiró la mano y quitó un lazo que amarraba la portezuela por el poste de la ventanilla.
-Anda, quítala y arréglala... Y para la próxima vez fíjate bien.
Melquíades no sabía dónde esconderse durante las siguientes semanas. Todo el vecindario se enteró de su ridículo.
Melquíades trabajaba en una cerrajería. Era buenísimo en su oficio, ninguna chapa se le resistía.
Tal era su fama, que los bomberos acudían con frecuencia a él para abrir las puertas de viviendas que se incendiaban.
Eso le valió el reconocimiento de propietarios que le agradecían haber evitado mayores daños por la rapidez con la que permitía el paso de los rescatadores y por salvar la puerta de recibir un buen hachazo.
El dueño de la cerrajería, don Pepe, estaba muy orgulloso de su empleado. En ratos de ocio, competían por ver quién resolvía con más velocidad el acertijo de una cerradura.
Incluso lo vi lidiar con una caja fuerte.
Todo de maravilla, hasta que llegó el día de su gran vergüenza, el oprobio de un fracaso.
Llegó un automovilista al local para solicitar que se arreglara la chapa de la portezuela. Melquíades tomó su herramienta y ofreció tener resuelto el problema en breve lapso. El conductor le respondió que no había prisa, pues debía realizar algunas diligencias.
Volvió a las dos horas, solo para encontrar al cerrajero atribulado frente al auto.
-¿Qué pasó? ¿Todavía no está lista?
-Híjole, respondió, no puedo abrir la chapa...
El dueño del vehículo soltó una sonora carcajada.
-¿Pues no que eras muy bueno en esta chamba? Resultaste bastante tarugo. Fíjate cómo la abro yo para que aprendas.
El hombre estiró la mano y quitó un lazo que amarraba la portezuela por el poste de la ventanilla.
-Anda, quítala y arréglala... Y para la próxima vez fíjate bien.
Melquíades no sabía dónde esconderse durante las siguientes semanas. Todo el vecindario se enteró de su ridículo.
1/25/2005
Una planta con abolengo
Carlos Alberto Patiño
Le decimos La Abuela, porque nadie nos pudo dar el nombre de la especie. La denominación proviene de su origen: Fue precisamente mi abuela que me dio el primer brote que tuve.
Eso ocurrió hace casi un cuarto d siglo, y, ahora mismo, tengo una de esas plantas en mi escritorio. Es una noble representante del reino vegetal, pues sus descendientes han llegado a todos lo miembros de mi familia y hasta han retornado a mis manos.
Su peculiar sistema de reproducción ha propiciado el ir venir de esta planta. Cuando la raíz topa con el fondo de la maceta, se curva y empieza a buscar la superficie; al alcanzarla, se convierte en un retoño, que, a su vez, empieza a alargar su raíz, con la consecuente proliferación de vástagos. Así he logrado conservar el legado de mi abuela por generaciones.
En alguna época de descuido, perdí el último ejemplar que tenía. La solución fue sencilla. Le pedí a mi madre una de las suyas, por supuesto, heredera de la que yo le di.
Mis hijas tienen ya sus propios cultivos de abuelas.
Fuera de la familia también hay poseedores de ejemplares. Las he regalado a personas que saben que ser elegidos para adoptar la planta es una señal de lo importante que son para mí.
La última la recibió una personita que acaba de estrenar casa.
La próxima está por ocupar un espacio en una importante oficina de este diario.
Así de lejos ha llegado La Abuela. Y sólo es una plantita como las que llenan los corredores de las vecindades de nuestra ciudad.
Le decimos La Abuela, porque nadie nos pudo dar el nombre de la especie. La denominación proviene de su origen: Fue precisamente mi abuela que me dio el primer brote que tuve.
Eso ocurrió hace casi un cuarto d siglo, y, ahora mismo, tengo una de esas plantas en mi escritorio. Es una noble representante del reino vegetal, pues sus descendientes han llegado a todos lo miembros de mi familia y hasta han retornado a mis manos.
Su peculiar sistema de reproducción ha propiciado el ir venir de esta planta. Cuando la raíz topa con el fondo de la maceta, se curva y empieza a buscar la superficie; al alcanzarla, se convierte en un retoño, que, a su vez, empieza a alargar su raíz, con la consecuente proliferación de vástagos. Así he logrado conservar el legado de mi abuela por generaciones.
En alguna época de descuido, perdí el último ejemplar que tenía. La solución fue sencilla. Le pedí a mi madre una de las suyas, por supuesto, heredera de la que yo le di.
Mis hijas tienen ya sus propios cultivos de abuelas.
Fuera de la familia también hay poseedores de ejemplares. Las he regalado a personas que saben que ser elegidos para adoptar la planta es una señal de lo importante que son para mí.
La última la recibió una personita que acaba de estrenar casa.
La próxima está por ocupar un espacio en una importante oficina de este diario.
Así de lejos ha llegado La Abuela. Y sólo es una plantita como las que llenan los corredores de las vecindades de nuestra ciudad.
María, es obvio
Carlos Alberto Patiño
Era guapa, sin duda. Fue la secretaria de uno de los lugares donde trabajé. Tenía unos muslos capaces de hacer olvidar a cualquiera las faltas de ortografía que llenaban sus escritos.
Era bella y deliciosamente ignorante.
Estaba enamorada de su maestro de Conalep. Esas cosas pasan, aunque luego se nieguen o generen demandas.
Ella no tenía tantos problemas. Ahora, el hijo de mi mejor secretaria y de su prof debe ser un adolescente. En fin...
María tenía una larga lista de admiradores, dispuestos a revisarle los memos, a darle un masaje en el tobillo cuando se lo falseaba, o si estaba tensa, en el cuello.
La historia de siempre. Una chica guapa y un montón de tipos prestos a ayudarla, no sin otros intereses.
Pero como yo soy ingenuo, según me han dicho, no sé qué buscaba ese clan de seguidores.
María me dio una lección.
Dura, fuerte.
Me hizo ver algo que quienes ejercemos el oficio de la información no debemos olvidar.
Nuestros lectores no piensan como nosotros. Los periodistas que queremos revelar la verdadera verdad, tenemos que esforzarnos por entender los intereses y procesos de nuestros lectores.
Todo esto quiere decir que nunca debemos de dar por supuesto que lo que nos parece obvio, lo es para todos.
Un día, María no llegó a trabajar. Y hacía falta mandar un fax.
Entonces eso era una novedad. Y nadie sabia usar ese aparato del demonio. Buscamos el manual en el archivo. Buscamos y buscamos... En fin, lo resolvimos.
Al día siguiente le pregunte, Mari, ¿dónde está archivado el instructivo del fax? Nunca lo pude encontrar.
M e respondió con un candor envidiable. Pues en la “R”. ¿En la “R”?, me pregunté.
Claro, dijo la hermosa.. En la “R”
¿El fax en la “R”?, volví a preguntar
Es obvio, dijo, la fresca Mari. En la “R “ de Relacionado con el fax., dónde más, comentó.
Pues sí, era obvio, ¿verdad?
Cómo no me di cuenta, Mari.
Era guapa, sin duda. Fue la secretaria de uno de los lugares donde trabajé. Tenía unos muslos capaces de hacer olvidar a cualquiera las faltas de ortografía que llenaban sus escritos.
Era bella y deliciosamente ignorante.
Estaba enamorada de su maestro de Conalep. Esas cosas pasan, aunque luego se nieguen o generen demandas.
Ella no tenía tantos problemas. Ahora, el hijo de mi mejor secretaria y de su prof debe ser un adolescente. En fin...
María tenía una larga lista de admiradores, dispuestos a revisarle los memos, a darle un masaje en el tobillo cuando se lo falseaba, o si estaba tensa, en el cuello.
La historia de siempre. Una chica guapa y un montón de tipos prestos a ayudarla, no sin otros intereses.
Pero como yo soy ingenuo, según me han dicho, no sé qué buscaba ese clan de seguidores.
María me dio una lección.
Dura, fuerte.
Me hizo ver algo que quienes ejercemos el oficio de la información no debemos olvidar.
Nuestros lectores no piensan como nosotros. Los periodistas que queremos revelar la verdadera verdad, tenemos que esforzarnos por entender los intereses y procesos de nuestros lectores.
Todo esto quiere decir que nunca debemos de dar por supuesto que lo que nos parece obvio, lo es para todos.
Un día, María no llegó a trabajar. Y hacía falta mandar un fax.
Entonces eso era una novedad. Y nadie sabia usar ese aparato del demonio. Buscamos el manual en el archivo. Buscamos y buscamos... En fin, lo resolvimos.
Al día siguiente le pregunte, Mari, ¿dónde está archivado el instructivo del fax? Nunca lo pude encontrar.
M e respondió con un candor envidiable. Pues en la “R”. ¿En la “R”?, me pregunté.
Claro, dijo la hermosa.. En la “R”
¿El fax en la “R”?, volví a preguntar
Es obvio, dijo, la fresca Mari. En la “R “ de Relacionado con el fax., dónde más, comentó.
Pues sí, era obvio, ¿verdad?
Cómo no me di cuenta, Mari.
Que no te la quiten
Carlos Alberto Patiño
Que no te la quiten. Camínala, conócela a pie. Abandona el auto y mira tu ciudad, ésa de la que quieren despojarnos.
No permitas que la delincuencia y los políticos te marginen de las calles. Gánaselas de nuevo, haz tuyo el pavimento, vive la riqueza de la arquitectura, recupera tus espacios.
De casa en casa, por los parques, en las esquinas, avanza con el deleite de transitar por un rumbo que te pertenece. Rescata el antiguo placer de los paseos. Aprende de tu urbe para que sea de nuevo tuya.
No dejes que el miedo te paralice. Defiende tu derecho a poseerla.
Por eso debes salir y recorrerla. Nunca te será propia si no la conoces en sus detalles. Descubre sus rincones mágicos, paladea el estilo de sus construcciones, hazte transeúnte de sus barrios.
Tampoco evadas tus responsabilidades. Tienes que cuidarla, como hacemos con nuestros seres queridos. Respeta sus paredes, mantenla limpia, conserva el agua.
No desesperes si un día cualquiera se remece. Está en su condición femenina estremecerse. Son sus llamados a nuestra conciencia y deben despertar nuestros impulsos solidarios.
Enarbola el privilegio de vivir aquí para acotar a los demagogos. Sólo si reivindicamos nuestra propiedad sobre ella, lograremos rechazar a quienes pretenden secuestrarla.
Y, ante todo, ámala. Sólo así se lograrás que se te entregue.
Que no te la quiten. Camínala, conócela a pie. Abandona el auto y mira tu ciudad, ésa de la que quieren despojarnos.
No permitas que la delincuencia y los políticos te marginen de las calles. Gánaselas de nuevo, haz tuyo el pavimento, vive la riqueza de la arquitectura, recupera tus espacios.
De casa en casa, por los parques, en las esquinas, avanza con el deleite de transitar por un rumbo que te pertenece. Rescata el antiguo placer de los paseos. Aprende de tu urbe para que sea de nuevo tuya.
No dejes que el miedo te paralice. Defiende tu derecho a poseerla.
Por eso debes salir y recorrerla. Nunca te será propia si no la conoces en sus detalles. Descubre sus rincones mágicos, paladea el estilo de sus construcciones, hazte transeúnte de sus barrios.
Tampoco evadas tus responsabilidades. Tienes que cuidarla, como hacemos con nuestros seres queridos. Respeta sus paredes, mantenla limpia, conserva el agua.
No desesperes si un día cualquiera se remece. Está en su condición femenina estremecerse. Son sus llamados a nuestra conciencia y deben despertar nuestros impulsos solidarios.
Enarbola el privilegio de vivir aquí para acotar a los demagogos. Sólo si reivindicamos nuestra propiedad sobre ella, lograremos rechazar a quienes pretenden secuestrarla.
Y, ante todo, ámala. Sólo así se lograrás que se te entregue.
No arrojen piedras
Carlos Alberto Patiño
El muchacho corrió hacia el tranvía para dar un salto y colgarse en la parte trasera del vehículo. Es lo que se conocía como viajar de mosca.
Así se ahorraba los pocos centavos que costaba el viaje. La proeza de encaramarse en el armatoste, no era sencilla, pues siempre era probable la caída al arroyo con el consiguiente riesgo de ser atropellado por algún fotingo, de los que circulaban por las calles de la entonces muy ingenua ciudad de México.
Quizá deba aclarar qué es un tranvía, pues no todos los conocieron en funciones. Eran transportes pesados, como los trolebuses, pero que tenían ruedas de fierro y avanzaban sobre rieles.
Los hubo eléctricos. De ésos aún se puede observar el frente de un par, uno en la entrada de un bar que se llama Sixties, y otro en un antro que ocupa lo que fue la planta de electricidad de la esquina de Félix Parra y Río Mixcoac. No sé porqué este tipo de lugares gusta de los tranvías para su decoración. En fin, así algún espíritu curioso puede darse la idea de lo que eran estos carromatos.
Pero antes, en las primeras décadas del siglo xx, los tranvías eran de mulitas, y es en este tipo de transporte es en que se trepó nuestro personaje.
A las pocas cuadras del trayecto, sintió algunos golpecillos en la nuca. Volteó a ver quién le lanzaba piedras, pero nada. Siguió su viaje gratuito, pero de nuevo lo importunaron los golpes. ¡No avienten piedras!, gritó y volvió a acomodarse. Otra vez los golpecillos. Ahora sí, ya enojado, cambió de posición para descubrir al impertinente agresor. Nada ni nadie a la vista. Ya estaba por decidirse a bajar, cuando Zas, ahora el impacto fue en el rostro. Dolió, pero así pudo descubrir que no era ningún petimetre quien lo agredía.
Se trataba la punta del látigo del conductor, quien en su afán de imprimir velocidad a las mulas extendía con vigor y en toda su longitud el instrumento. Era un riesgo más del viaje de mosca en tranvía.
El muchacho corrió hacia el tranvía para dar un salto y colgarse en la parte trasera del vehículo. Es lo que se conocía como viajar de mosca.
Así se ahorraba los pocos centavos que costaba el viaje. La proeza de encaramarse en el armatoste, no era sencilla, pues siempre era probable la caída al arroyo con el consiguiente riesgo de ser atropellado por algún fotingo, de los que circulaban por las calles de la entonces muy ingenua ciudad de México.
Quizá deba aclarar qué es un tranvía, pues no todos los conocieron en funciones. Eran transportes pesados, como los trolebuses, pero que tenían ruedas de fierro y avanzaban sobre rieles.
Los hubo eléctricos. De ésos aún se puede observar el frente de un par, uno en la entrada de un bar que se llama Sixties, y otro en un antro que ocupa lo que fue la planta de electricidad de la esquina de Félix Parra y Río Mixcoac. No sé porqué este tipo de lugares gusta de los tranvías para su decoración. En fin, así algún espíritu curioso puede darse la idea de lo que eran estos carromatos.
Pero antes, en las primeras décadas del siglo xx, los tranvías eran de mulitas, y es en este tipo de transporte es en que se trepó nuestro personaje.
A las pocas cuadras del trayecto, sintió algunos golpecillos en la nuca. Volteó a ver quién le lanzaba piedras, pero nada. Siguió su viaje gratuito, pero de nuevo lo importunaron los golpes. ¡No avienten piedras!, gritó y volvió a acomodarse. Otra vez los golpecillos. Ahora sí, ya enojado, cambió de posición para descubrir al impertinente agresor. Nada ni nadie a la vista. Ya estaba por decidirse a bajar, cuando Zas, ahora el impacto fue en el rostro. Dolió, pero así pudo descubrir que no era ningún petimetre quien lo agredía.
Se trataba la punta del látigo del conductor, quien en su afán de imprimir velocidad a las mulas extendía con vigor y en toda su longitud el instrumento. Era un riesgo más del viaje de mosca en tranvía.
Mis cafecitos
Carlos Alberto Patiño
Vago y aficionado al café, como soy, a lo largo de los años he coleccionado una serie de cafecitos donde ejerzo la lectura o la buena charla. Les contaré de tres de ellos.
El primero es, sin duda, Café y Enanos de Tapanco, en la colonia Roma. Además de servir un muy buen exprés, el lugar se ufana de su café Tapanco, un capuchino aderezado con cocoa. Los bebedores de otros líquidos pueden encontrar una buena taza de chocolate preparado en batidor.
La carta incluye vinos chilenos y, lamentablemente, de California Los primeros cazan muy bien con la focaccia de jamón serrano. Los Enanos, como lo conocemos los amigos, también es galería. Los viernes hay grupos musicales. En fin de semana presentan obras de teatro, el domingo hay noche de tango. Y todos los martes a las 9 de la noche, desde hace 10 años, hay sesiones de cuenta cuentos. Vale la pena darse una vuelta por ahí. Está en la esquina de Orizaba y Querétaro.
Si caminamos por Orizaba hacia el norte, frente a la Plaza Luis Cabrera, está Non solo panini. La especialidad son los emparedados italianos. Yo recomiendo el de jamón serrano y el de salmón. Aquí también hay vinos chilenos aceptables y un italiano espumoso, el Lambrusco. Se pasa uno muy buenos ratos en las mesas exteriores con vista a la fuente.
Salgamos de la Roma, ahora vamos a la colonia Juárez. En Nápoles y Liverpool está el Gabys, un café de tradición. Aquí, además de tomar café, vale la pena observar la colección de cafeteras antiguas que adornan el lugar. También hay que mirar las caricaturas que moneros asiduos han dejado en las paredes.
Se me quedan muchos en el tintero, como un par más de la Roma, alguno en la Condesa y otro en Coyoacán. Ya les contaré.
Vago y aficionado al café, como soy, a lo largo de los años he coleccionado una serie de cafecitos donde ejerzo la lectura o la buena charla. Les contaré de tres de ellos.
El primero es, sin duda, Café y Enanos de Tapanco, en la colonia Roma. Además de servir un muy buen exprés, el lugar se ufana de su café Tapanco, un capuchino aderezado con cocoa. Los bebedores de otros líquidos pueden encontrar una buena taza de chocolate preparado en batidor.
La carta incluye vinos chilenos y, lamentablemente, de California Los primeros cazan muy bien con la focaccia de jamón serrano. Los Enanos, como lo conocemos los amigos, también es galería. Los viernes hay grupos musicales. En fin de semana presentan obras de teatro, el domingo hay noche de tango. Y todos los martes a las 9 de la noche, desde hace 10 años, hay sesiones de cuenta cuentos. Vale la pena darse una vuelta por ahí. Está en la esquina de Orizaba y Querétaro.
Si caminamos por Orizaba hacia el norte, frente a la Plaza Luis Cabrera, está Non solo panini. La especialidad son los emparedados italianos. Yo recomiendo el de jamón serrano y el de salmón. Aquí también hay vinos chilenos aceptables y un italiano espumoso, el Lambrusco. Se pasa uno muy buenos ratos en las mesas exteriores con vista a la fuente.
Salgamos de la Roma, ahora vamos a la colonia Juárez. En Nápoles y Liverpool está el Gabys, un café de tradición. Aquí, además de tomar café, vale la pena observar la colección de cafeteras antiguas que adornan el lugar. También hay que mirar las caricaturas que moneros asiduos han dejado en las paredes.
Se me quedan muchos en el tintero, como un par más de la Roma, alguno en la Condesa y otro en Coyoacán. Ya les contaré.
Brotó una alberca
Carlos Alberto Patiño
En la parte de atrás de la casa. Bueno no exactamente, pues hay que tomar en cuenta una manzana de casas y una avenida de por medio. Ahí brotó una alberca.
El terreno era un gran campo donde había canchas de futbol, básquetbol, voleibol y una para un deporte que sólo ahí he visto practicar.
Era un juego llamado pelota mixteca, que deriva del juego de pelota prehispánico. Cuatro jugadores, ya no recuerdo bien, provistos con coderas, rodilleras y espinilleras de cuero golpeaban una bola de hule o de cuero, un poco mayor que una pelota de softbol. La idea era enviarla al lado de la cancha enemiga, como en el tenis. No, no había el aro de piedra que relatan las crónicas ni culminaba el encuentro con un sacrificio humano. Si acaso una mentada y luego a buscar un lugar para una buena ronda de cervezas.
Yo acudía a esos terrenos a volar papalotes.
Un día amaneció cerrado el deportivo. Solo se veía el ingreso de camiones, maquinaria y obreros. Desde una ventana de mi casa alcanzaba a ver como excavaban y excavaban. Ni idea tenía yo, entonces púber, de lo que ahí se construía.
La obra llegó a la fase del techo, se podía observar una serie de tambos que colgaban de las varillas de lo que sería el techo. Años después supe que esos botes estaban llenos de concreto y que era una innovación de la ingeniería mexicana para lograr la curvatura que el diseño del techo requería.
Luego, gran inauguración con asistencia del Presidente y toda la parafernalia.
Era la Alberca Olímpica Francisco Márquez. Ahí, México consiguió tres medallas olímpicas, dos en natación y luego en clavados.
También yo gané una medalla en esa alberca. Fue mucho después de la olimpiada de 1968. Pero eso ya es otra historia.
En la parte de atrás de la casa. Bueno no exactamente, pues hay que tomar en cuenta una manzana de casas y una avenida de por medio. Ahí brotó una alberca.
El terreno era un gran campo donde había canchas de futbol, básquetbol, voleibol y una para un deporte que sólo ahí he visto practicar.
Era un juego llamado pelota mixteca, que deriva del juego de pelota prehispánico. Cuatro jugadores, ya no recuerdo bien, provistos con coderas, rodilleras y espinilleras de cuero golpeaban una bola de hule o de cuero, un poco mayor que una pelota de softbol. La idea era enviarla al lado de la cancha enemiga, como en el tenis. No, no había el aro de piedra que relatan las crónicas ni culminaba el encuentro con un sacrificio humano. Si acaso una mentada y luego a buscar un lugar para una buena ronda de cervezas.
Yo acudía a esos terrenos a volar papalotes.
Un día amaneció cerrado el deportivo. Solo se veía el ingreso de camiones, maquinaria y obreros. Desde una ventana de mi casa alcanzaba a ver como excavaban y excavaban. Ni idea tenía yo, entonces púber, de lo que ahí se construía.
La obra llegó a la fase del techo, se podía observar una serie de tambos que colgaban de las varillas de lo que sería el techo. Años después supe que esos botes estaban llenos de concreto y que era una innovación de la ingeniería mexicana para lograr la curvatura que el diseño del techo requería.
Luego, gran inauguración con asistencia del Presidente y toda la parafernalia.
Era la Alberca Olímpica Francisco Márquez. Ahí, México consiguió tres medallas olímpicas, dos en natación y luego en clavados.
También yo gané una medalla en esa alberca. Fue mucho después de la olimpiada de 1968. Pero eso ya es otra historia.
Ovalo Infinito
Carlos Alberto Patiño
Caminar. Eso es lo que hacíamos muchas tardes, cuando las tareas no abundaban, los amigos preferían ver la tele y no juntábamos lo suficiente para el café.
Además, Roger tenía -y mantiene- una manía ambulatoria inagotable.
Así que enfilábamos sin un destino preciso. Sólo recorriendo calles, charlando y conociendo la ciudad a pie.
Un día, nuestra marcha nos llevó a los rumbos de la Condesa. Ese fue mi primer contacto con el Art Decó. Aun ignorando las cualidades de ese estilo, la fuerza de la geometría arquitectónica me maravilló.
Comentábamos las formas de éste o aquél edificio, cuando derivamos a una calle con camellón. Infatigable, como digo que es el Roger, mi hizo seguirlo por esa ruta.
Entre la plática, algunos altos para ver detalles de las construcciones y, por supuesto, las miradas a las chicas que paseaban por la avenida, pasamos un largo rato.
De pronto, nos dimos cuenta de que las casas se nos hacían familiares. Una chica de pelo rizado dividido en coletas, asomada a la ventana, que ya había provocado nuestros comentarios, confirmó que caminábamos en círculo, como los exploradores perdidos en los bosques. Sin embargo, ¡estábamos en plena ciudad de México!
Años después supe que la avenida seguía el trazo de lo que fue la pista del Hipódromo que ahí hubo.
Para Roger, fue un hallazgo apoteótico que colmaba con creces sus afanes de andarín.
Era inevitable. La siguiente ocasión que nos encontramos sin deberes urgentes, ni siquiera hubo que preguntarnos a dónde iríamos.
Nos aguardaba el óvalo infinito de la calle de Amsterdam.
Caminar. Eso es lo que hacíamos muchas tardes, cuando las tareas no abundaban, los amigos preferían ver la tele y no juntábamos lo suficiente para el café.
Además, Roger tenía -y mantiene- una manía ambulatoria inagotable.
Así que enfilábamos sin un destino preciso. Sólo recorriendo calles, charlando y conociendo la ciudad a pie.
Un día, nuestra marcha nos llevó a los rumbos de la Condesa. Ese fue mi primer contacto con el Art Decó. Aun ignorando las cualidades de ese estilo, la fuerza de la geometría arquitectónica me maravilló.
Comentábamos las formas de éste o aquél edificio, cuando derivamos a una calle con camellón. Infatigable, como digo que es el Roger, mi hizo seguirlo por esa ruta.
Entre la plática, algunos altos para ver detalles de las construcciones y, por supuesto, las miradas a las chicas que paseaban por la avenida, pasamos un largo rato.
De pronto, nos dimos cuenta de que las casas se nos hacían familiares. Una chica de pelo rizado dividido en coletas, asomada a la ventana, que ya había provocado nuestros comentarios, confirmó que caminábamos en círculo, como los exploradores perdidos en los bosques. Sin embargo, ¡estábamos en plena ciudad de México!
Años después supe que la avenida seguía el trazo de lo que fue la pista del Hipódromo que ahí hubo.
Para Roger, fue un hallazgo apoteótico que colmaba con creces sus afanes de andarín.
Era inevitable. La siguiente ocasión que nos encontramos sin deberes urgentes, ni siquiera hubo que preguntarnos a dónde iríamos.
Nos aguardaba el óvalo infinito de la calle de Amsterdam.
La Burbu
Carlos Alberto Patiño
Después de la media noche. Antes, como que no, como que es otro sitio, otro ambiente.
Por eso acomoda a los noctámbulos extremos.
Es La Burbu, antro –en el sentido antiguo y genuino del término- en el que las bebidas, pero especialmente la cubetas de cerveza, llegan acompañadas de la música de la banda que lidera El Guarapo.
La Burbu es heredera de otro par de tugurios, el Bull Pen y el Jacalito, que devinieron en lugares de moda hará unos tres años y que sucumbieron a los rigores y escrúpulos del perredismo gobernante.
No todos los parroquianos de aquellas cantinuchas lograron aclientarse a La Burbu, pero quedaron suficientes periodistas, fotógrafos, intelectuales de esos de mezclillas y rones, y una parvada de muchachitos y muchachitas despistados, pero bebedores.
El repertorio musical del grupo de El Guarapo, se sostiene, sobre todo, con añoranzas de Deep Purple, Sangre, sudor y lágrimas y Chicago, aunque a ratos se deja oír alguna salsita o rolitas de la ola del rock en español.
El lugar cierra formalmente a las tres de la mañana o un poquito después. No mucho, debo aclarar, no sea que las autoridades quieran verificar qué tanto es tantito.
Abren de miércoles a sábado, pero, de veras, si algún vago de la noche desea asistir, lo mejor será que lo haga en viernes, después de la media noche, por supuesto.
Después de la media noche. Antes, como que no, como que es otro sitio, otro ambiente.
Por eso acomoda a los noctámbulos extremos.
Es La Burbu, antro –en el sentido antiguo y genuino del término- en el que las bebidas, pero especialmente la cubetas de cerveza, llegan acompañadas de la música de la banda que lidera El Guarapo.
La Burbu es heredera de otro par de tugurios, el Bull Pen y el Jacalito, que devinieron en lugares de moda hará unos tres años y que sucumbieron a los rigores y escrúpulos del perredismo gobernante.
No todos los parroquianos de aquellas cantinuchas lograron aclientarse a La Burbu, pero quedaron suficientes periodistas, fotógrafos, intelectuales de esos de mezclillas y rones, y una parvada de muchachitos y muchachitas despistados, pero bebedores.
El repertorio musical del grupo de El Guarapo, se sostiene, sobre todo, con añoranzas de Deep Purple, Sangre, sudor y lágrimas y Chicago, aunque a ratos se deja oír alguna salsita o rolitas de la ola del rock en español.
El lugar cierra formalmente a las tres de la mañana o un poquito después. No mucho, debo aclarar, no sea que las autoridades quieran verificar qué tanto es tantito.
Abren de miércoles a sábado, pero, de veras, si algún vago de la noche desea asistir, lo mejor será que lo haga en viernes, después de la media noche, por supuesto.
La primera vez
Crónicas al vuelo
Carlos Alberto Patiño
Era un gran acontecimiento. Para todos, esa primera vez era una especie de ritual. Claro, eran otros tiempos. La emoción con la que los capitalinos concurríamos a conocer el Metro era muy especial.
Durante dos años habíamos observado las excavaciones y en las pláticas todo mundo se preguntaba cómo sería eso de viajar en un tren eléctrico subterráneo. Algunos auguraban descarrilamientos, choques y hasta centenares de asfixiados en los túneles cuando los convoyes quedaran detenidos a la mitad de su trayecto por falta de energía.
Esos eran los pesimistas, pero los demás estábamos emocionados y hasta un poco orgullosos de que nuestra ciudad tuviera un Metro.
Esa primera vez compré mi planilla de boletos en una tienda cercana a la estación Salto del Agua. Entonces los boletos se vendían en los comercios para evitar las colas en las taquillas. Mi previsión resultó innecesaria. Era poca la gente que a las 10:00 de la mañana usaba el servicio, y eso que ya había pasado una semana de la inauguración.
Dudé hacía dónde ir. Tampoco había mucho para escoger. O a Zaragoza o a Chapultepec. Ese era el único recorrido.
Ver entrar a la estación un tren, limpio, silencioso, nuevecito, fue una gran experiencia. Y luego la precisión con la que se abrían las puertas y el sonido que alerta del cierre me dejaron sorprendido.
Casi todos los que íbamos en el vagón lo hacíamos como un paseo. Era la novedad la que nos llevaba a abordar el transporte. Además, las conductas también eran nuevas. Había un dejo de solemnidad generalizada. De alguna manera sentíamos que no podíamos comportarnos igual que en un simple camión. Teníamos que ser corteses y parecer civilizados.
La experiencia fue corta, así que había que repetirla. Pasé por el torniquete (todavía no sabía que podía cambiar de sentido sin salir de la estación) y busque la entrada para ir a Zaragoza.
Diez vueltas después, ya me sentía yo un experto. Y estaba dispuestísimo a viajar toda la semana de un extremo a otro de la línea.
Ahora, siempre que puedo, evito el Metro.
Carlos Alberto Patiño
Era un gran acontecimiento. Para todos, esa primera vez era una especie de ritual. Claro, eran otros tiempos. La emoción con la que los capitalinos concurríamos a conocer el Metro era muy especial.
Durante dos años habíamos observado las excavaciones y en las pláticas todo mundo se preguntaba cómo sería eso de viajar en un tren eléctrico subterráneo. Algunos auguraban descarrilamientos, choques y hasta centenares de asfixiados en los túneles cuando los convoyes quedaran detenidos a la mitad de su trayecto por falta de energía.
Esos eran los pesimistas, pero los demás estábamos emocionados y hasta un poco orgullosos de que nuestra ciudad tuviera un Metro.
Esa primera vez compré mi planilla de boletos en una tienda cercana a la estación Salto del Agua. Entonces los boletos se vendían en los comercios para evitar las colas en las taquillas. Mi previsión resultó innecesaria. Era poca la gente que a las 10:00 de la mañana usaba el servicio, y eso que ya había pasado una semana de la inauguración.
Dudé hacía dónde ir. Tampoco había mucho para escoger. O a Zaragoza o a Chapultepec. Ese era el único recorrido.
Ver entrar a la estación un tren, limpio, silencioso, nuevecito, fue una gran experiencia. Y luego la precisión con la que se abrían las puertas y el sonido que alerta del cierre me dejaron sorprendido.
Casi todos los que íbamos en el vagón lo hacíamos como un paseo. Era la novedad la que nos llevaba a abordar el transporte. Además, las conductas también eran nuevas. Había un dejo de solemnidad generalizada. De alguna manera sentíamos que no podíamos comportarnos igual que en un simple camión. Teníamos que ser corteses y parecer civilizados.
La experiencia fue corta, así que había que repetirla. Pasé por el torniquete (todavía no sabía que podía cambiar de sentido sin salir de la estación) y busque la entrada para ir a Zaragoza.
Diez vueltas después, ya me sentía yo un experto. Y estaba dispuestísimo a viajar toda la semana de un extremo a otro de la línea.
Ahora, siempre que puedo, evito el Metro.
¿Golpe de suerte?
Jessica Zermeño
Pasaban de las dos de la tarde. Iba de regreso al trabajo. Entre a la estación del metro Zócalo. Por la línea dos. Me sentía mal. El frío había hecho que el virus de la gripa me invadiera. Era indiferente a los cientos de usuarios del metro. Casi podría decir que caminaba en “automático”. Porque tenía que hacerlo.
Fue entonces cuando un hombre, como de 50 años, llamó mi atención. Me percaté que recogió algo del suelo. Me enseñó un fajo de billetes de cincuenta pesos. No me importó. El hombre caminó cerca de mí. Comentaba de la suerte que había tenido de encontrarse ese dinero. La gripa ni me dejó pensar en que sí había tenido suerte. Él siguió hablando de la necesidad económica que tenía y me dijo “pensé que le diría a la señora de rojo que se le cayó”. Pues no, ni me fijé.
Entonces me detuvo antes de acercarme al vagón del metro. Me dijo que nos podíamos repartir el dinero. No entendí por qué si tenía tanta necesidad, quería dividirlo. En eso, una señora vestida de rojo se acercó. Nos preguntó sí habíamos visto su dinero. Él se aproximó a mí. Me abrazó. Eso hizo que despertarán mis sentidos. Fui acorralada por la señora y él.
Me quité del lado del señor, quedando de espaldas a las vías del metro. Lo que me causó más temor.
La mujer pedía que le mostráramos nuestros billetes. El hombre sacó unos. Ella los olió y descubrió que no eran de ella –vaya forma de reconocer sus ahorros-. Tocó mi turno de mostrar mis billetes. Le enseñé el dinero que traía en la bolsa de mi pantalón. Sólo unas monedas. Exigió ver los billetes. Le dije que no traía. Sin más, el hombre le regresó el fajo de cincuenta pesos y se perdieron entre la gente. No lo entendí.
Pensé que todo podía ser una broma. Pero no. Estuve a punto de ser asaltada por un golpe de “suerte”.
Pasaban de las dos de la tarde. Iba de regreso al trabajo. Entre a la estación del metro Zócalo. Por la línea dos. Me sentía mal. El frío había hecho que el virus de la gripa me invadiera. Era indiferente a los cientos de usuarios del metro. Casi podría decir que caminaba en “automático”. Porque tenía que hacerlo.
Fue entonces cuando un hombre, como de 50 años, llamó mi atención. Me percaté que recogió algo del suelo. Me enseñó un fajo de billetes de cincuenta pesos. No me importó. El hombre caminó cerca de mí. Comentaba de la suerte que había tenido de encontrarse ese dinero. La gripa ni me dejó pensar en que sí había tenido suerte. Él siguió hablando de la necesidad económica que tenía y me dijo “pensé que le diría a la señora de rojo que se le cayó”. Pues no, ni me fijé.
Entonces me detuvo antes de acercarme al vagón del metro. Me dijo que nos podíamos repartir el dinero. No entendí por qué si tenía tanta necesidad, quería dividirlo. En eso, una señora vestida de rojo se acercó. Nos preguntó sí habíamos visto su dinero. Él se aproximó a mí. Me abrazó. Eso hizo que despertarán mis sentidos. Fui acorralada por la señora y él.
Me quité del lado del señor, quedando de espaldas a las vías del metro. Lo que me causó más temor.
La mujer pedía que le mostráramos nuestros billetes. El hombre sacó unos. Ella los olió y descubrió que no eran de ella –vaya forma de reconocer sus ahorros-. Tocó mi turno de mostrar mis billetes. Le enseñé el dinero que traía en la bolsa de mi pantalón. Sólo unas monedas. Exigió ver los billetes. Le dije que no traía. Sin más, el hombre le regresó el fajo de cincuenta pesos y se perdieron entre la gente. No lo entendí.
Pensé que todo podía ser una broma. Pero no. Estuve a punto de ser asaltada por un golpe de “suerte”.
Cosas de hombres
Jessica Zermeño
Era un día solitario. Silencio. De esos que se antojan para ser independiente. Por lo menos de los hombres. De esos que suelen ser machos. Muy, pero muy machos. Había que demostrar que no se les necesita. De vez en cuando ¿no?
Serían las once de la mañana. El desayuno estuvo bien. Con musiquita de fondo. Y algunos chismes pendientes que contar. De pronto, el nuevo mueble, de ármelo usted solo –si puede-, fue el blanco perfecto.
Por lo menos tres hombres se habían rehusado a unir sus piezas. Por flojera. Conflictos de entendimiento entre instructivo versus hombre. O la poca habilidad que sus manos poseen para clavar y atornillar.
Dicen que eso es cosa de hombres. Eso dice Fabiola. En fin, el desayuno proporcionó los suficientes nutrientes para empezar el desafío de fuerza, destreza y habilidad.
Sacamos pues las rectangulares tablas. Los tornillos de cinco tamaños diferentes. Clavos y unas cosas raras que evitarían que el mueble se raspara. El vecino “Inti” prestó sus herramientas.
Comenzaron con mucho optimismo. El instructivo era fácil. Todo se comprendía. Lo difícil fue pelear con los tornillos para que embonaran y entraran muy bien. Al principio el intento de librero no podía mantenerse. Se ladeaba. Parecía muy frágil a pesar de ser de madera. Algo no estaba bien. La fuerza no era la suficiente como para apretar perfectamente entre tabla y tabla con los tornillos.
No importó. Continuaron algo más estresadas. Lo más divertido fueron los clavitos. Como sólo había un martillo, se las ingeniaron con el tacón de un zapato. Quién dijo que los altísimos tacones cuadrados no servirían para algo más. En fin, al cabo de una hora y quince minutos el mueble estaba de pie. La gran misión había terminado. Sólo quedaba un pequeño inconveniente. Aún había otro mueble por armar y pocas ganas de volver a retomar la misión. así que al unísono se dejó escuchar: “Que lo armen ellos, los novios. Son cosas de hombres ¿no?”.
Era un día solitario. Silencio. De esos que se antojan para ser independiente. Por lo menos de los hombres. De esos que suelen ser machos. Muy, pero muy machos. Había que demostrar que no se les necesita. De vez en cuando ¿no?
Serían las once de la mañana. El desayuno estuvo bien. Con musiquita de fondo. Y algunos chismes pendientes que contar. De pronto, el nuevo mueble, de ármelo usted solo –si puede-, fue el blanco perfecto.
Por lo menos tres hombres se habían rehusado a unir sus piezas. Por flojera. Conflictos de entendimiento entre instructivo versus hombre. O la poca habilidad que sus manos poseen para clavar y atornillar.
Dicen que eso es cosa de hombres. Eso dice Fabiola. En fin, el desayuno proporcionó los suficientes nutrientes para empezar el desafío de fuerza, destreza y habilidad.
Sacamos pues las rectangulares tablas. Los tornillos de cinco tamaños diferentes. Clavos y unas cosas raras que evitarían que el mueble se raspara. El vecino “Inti” prestó sus herramientas.
Comenzaron con mucho optimismo. El instructivo era fácil. Todo se comprendía. Lo difícil fue pelear con los tornillos para que embonaran y entraran muy bien. Al principio el intento de librero no podía mantenerse. Se ladeaba. Parecía muy frágil a pesar de ser de madera. Algo no estaba bien. La fuerza no era la suficiente como para apretar perfectamente entre tabla y tabla con los tornillos.
No importó. Continuaron algo más estresadas. Lo más divertido fueron los clavitos. Como sólo había un martillo, se las ingeniaron con el tacón de un zapato. Quién dijo que los altísimos tacones cuadrados no servirían para algo más. En fin, al cabo de una hora y quince minutos el mueble estaba de pie. La gran misión había terminado. Sólo quedaba un pequeño inconveniente. Aún había otro mueble por armar y pocas ganas de volver a retomar la misión. así que al unísono se dejó escuchar: “Que lo armen ellos, los novios. Son cosas de hombres ¿no?”.
Cascarita
Carlos Alberto Patiño
Es la pasión deportiva en su expresión mayor. Aquí, en la cancha de asfalto, se evidencia el difundidísimo gusto por el futbol.
Porque se necesita ser un verdadero fanático de este juego para practicarlo a media noche en las calles de la colonia Roma.
La hora contribuye a que sena mínimas las interrupciones por el tráfico vehicular, pero no se está exento de riesgos. Sobre todo cuando los partidos se realizan en fin de semana. Las calles del rumbo también incitan a los schumacher locales, así que los futbolistas tienen que correr con un ojo al balón, otro a los contrincantes y otro más (¡otro!, bueno, hace falta) a los automóviles.
Nada detiene a los deportistas. Los he visto perseguir el gol incluso en noches de llovizna, he presenciado sus afanes por dominar la bola en noches gélidas y he sido testigo de encuentros en las más cálidas jornadas veraniegas.
Eso sí, todo cuidando las formas debidas. No importa que el juego se desarrolle en el pavimento de Guanajuato, entre Mérida y Córdoba. Ni que la hora y la iluminación dificulte la presencia de espectadores.
Más de uno de los practicantes del ritual de la pelota se presentan ataviado como marca el canon. Shorts o, las más de las veces, bermudas, tenis y la camiseta del equipo favorito, aunque eso provoque que en el mismo bando se encuentren las insignias de los más acérrimos rivales.
Gladiadores de la noche, épicos atletas callejeros, los futbolistas de mi colonia sí que saben degustar los placeres de una cascarita.
Es la pasión deportiva en su expresión mayor. Aquí, en la cancha de asfalto, se evidencia el difundidísimo gusto por el futbol.
Porque se necesita ser un verdadero fanático de este juego para practicarlo a media noche en las calles de la colonia Roma.
La hora contribuye a que sena mínimas las interrupciones por el tráfico vehicular, pero no se está exento de riesgos. Sobre todo cuando los partidos se realizan en fin de semana. Las calles del rumbo también incitan a los schumacher locales, así que los futbolistas tienen que correr con un ojo al balón, otro a los contrincantes y otro más (¡otro!, bueno, hace falta) a los automóviles.
Nada detiene a los deportistas. Los he visto perseguir el gol incluso en noches de llovizna, he presenciado sus afanes por dominar la bola en noches gélidas y he sido testigo de encuentros en las más cálidas jornadas veraniegas.
Eso sí, todo cuidando las formas debidas. No importa que el juego se desarrolle en el pavimento de Guanajuato, entre Mérida y Córdoba. Ni que la hora y la iluminación dificulte la presencia de espectadores.
Más de uno de los practicantes del ritual de la pelota se presentan ataviado como marca el canon. Shorts o, las más de las veces, bermudas, tenis y la camiseta del equipo favorito, aunque eso provoque que en el mismo bando se encuentren las insignias de los más acérrimos rivales.
Gladiadores de la noche, épicos atletas callejeros, los futbolistas de mi colonia sí que saben degustar los placeres de una cascarita.
Otra de fantasmas
Jessica Zermeño
Debo reconocerlo, siempre he sido muy miedosa. Pero eso de los fantasmas me divierte. Despierta mi curiosidad. A lo largo de más de veinte años ni una experiencia fantasmal. Así que sólo me emocionaba con las anécdotas de mis amistades. Y yo sin historia.
En fin, al igual que los gatos que se erizan de la nada, mi más cercana vivencia estaba relacionada con los aullidos ensordecedores de la Rojita –mi perrita-, esa tipa si que era de lo más receptiva. Lo raro y hasta cierto punto mágico, es que siempre ocurría en la sala. Entre las doce y dos de la mañana. Y cerca del retrato de mi abuelita.
La Rojita observaba insistentemente hacia la nada. Seguía algo, no sé qué. Y de pronto los ladridos.
El ambiente, a pesar de la locura de la Rojita, se sentía cálido. Me gusta pensar que mi abuela solía visitarme en esas noches de insomnio. Como cuando solía contarme historias. Aún sigo esperando que se haga presente, pero un día que la Rojita no esté cerca para evitar el escándalo.
¡Ah!, pero ese no fue el mejor acercamiento con el más allá. Hace tres meses me cambie de casa. Desde que llegamos, Fabys y yo sentimos cosas raras. Cómo que alguien está detrás de nosotras. Pero nunca hay nadie. Esa es una interesante sensación. O que nos suben y bajan el volumen de la grabadora.
Una noche, arreglando un bellísimo arreglo de flores, se me fue el tiempo. Eran casi las doce de la noche. Terminaba de recoger las hojas que cayeron. Mientras barría, claramente vi pasar unos pies del baño a la recámara de Fabiola.
Por un momento me dio miedo. Un ladrón, pensé. Poco a poco me acerqué para verificar que no podía haber nadie. El departamento es un huevito y ya lo había recorrido varias veces. Con fascinación, descubrí que no había nadie. Era el fantasma. Me había sorprendido. Eso fue divertido. Verlo por unos minutos. Sólo por unos minutos, porque se imaginan que hubiera hecho si al entrar a la recámara el espíritu estuviera ahí. ¡No! Mejor no lo imaginemos, eso si estaría de miedo.
Debo reconocerlo, siempre he sido muy miedosa. Pero eso de los fantasmas me divierte. Despierta mi curiosidad. A lo largo de más de veinte años ni una experiencia fantasmal. Así que sólo me emocionaba con las anécdotas de mis amistades. Y yo sin historia.
En fin, al igual que los gatos que se erizan de la nada, mi más cercana vivencia estaba relacionada con los aullidos ensordecedores de la Rojita –mi perrita-, esa tipa si que era de lo más receptiva. Lo raro y hasta cierto punto mágico, es que siempre ocurría en la sala. Entre las doce y dos de la mañana. Y cerca del retrato de mi abuelita.
La Rojita observaba insistentemente hacia la nada. Seguía algo, no sé qué. Y de pronto los ladridos.
El ambiente, a pesar de la locura de la Rojita, se sentía cálido. Me gusta pensar que mi abuela solía visitarme en esas noches de insomnio. Como cuando solía contarme historias. Aún sigo esperando que se haga presente, pero un día que la Rojita no esté cerca para evitar el escándalo.
¡Ah!, pero ese no fue el mejor acercamiento con el más allá. Hace tres meses me cambie de casa. Desde que llegamos, Fabys y yo sentimos cosas raras. Cómo que alguien está detrás de nosotras. Pero nunca hay nadie. Esa es una interesante sensación. O que nos suben y bajan el volumen de la grabadora.
Una noche, arreglando un bellísimo arreglo de flores, se me fue el tiempo. Eran casi las doce de la noche. Terminaba de recoger las hojas que cayeron. Mientras barría, claramente vi pasar unos pies del baño a la recámara de Fabiola.
Por un momento me dio miedo. Un ladrón, pensé. Poco a poco me acerqué para verificar que no podía haber nadie. El departamento es un huevito y ya lo había recorrido varias veces. Con fascinación, descubrí que no había nadie. Era el fantasma. Me había sorprendido. Eso fue divertido. Verlo por unos minutos. Sólo por unos minutos, porque se imaginan que hubiera hecho si al entrar a la recámara el espíritu estuviera ahí. ¡No! Mejor no lo imaginemos, eso si estaría de miedo.
Líquido embriagador
Carlos Alberto Patiño
¡Qué borrachera! ¡Que bárbaro, cómo bebimos! ¡Qué fiestecita de antología!
Con estas exclamaciones comienza otra historia del Roger, el amigo con manías andarinas del que ya les había contado. Pero ahora nada tienen qué hacer aquí esos vericuetos ambulatorios. No. El relato se refiere a otra de sus habilidades.
La reunión que provocó los efusivos comentarios que encabezan esta Crónica al vuelo discurría en un departamento de estudiantes. El motivo pudo ser cualquiera. En ese lugar y en esa época, no hacían falta muchos pretextos para emprender una reunión alcohólico-musical.
El problema, como siempre en esa época y en ese lugar, eran las provisiones. Sobre todo las graduadas por Gay-Lussac. En fin, mediante una solidaria cooperacha, con un ratillo de taloneo, el buen uso de la retórica con algún padre despistado... Se podía asegurar la francachela.
Se había llegado al punto donde aparecen guitarras, maracas, calves y otra parafernalia. Se entonaban ya baladas, boleros y otros cánticos, cuando desde la cocina, Roger, que fungía como barman, me llamó.
Hay un problema, me dijo. La última botella que quedaba era esta de vodka. Y cómo ves, con este último chorrito me acabo de preparar un trago.
Esto ya valió, dije. Creo que ya no juntamos para la otra. Chin.., apenas se estaba poniendo bueno.
Mmm..., murmuró. Creo que todavía puede hacerse algo.
Regresé a la sala un poco desilusionado, cuando vi que uno de los asistentes se dirigía a la cocina. Regresó con un vaso bien servido en la mano. Luego, pasó otro y otro... El desfile de rondas dio para llegar a la madrugada.
Intrigado, fui a indagar de dónde había salido la veta de alcohol que prodigaba mi amigo.
¿Oíste hablar de la trasmutación del agua en vino?, me preguntó. Pues más o menos, explicaba, mientras rellenaba la botella de vodka en la llave del fregadero, pera luego verterla en los vasos a los que añadía agua quinada.
Fue una de las peores borracheras psicológicas que he presenciado. Sólo espero que ninguno de aquellos contertulios reconozca esta historia. Por el bien de Roger.
¡Qué borrachera! ¡Que bárbaro, cómo bebimos! ¡Qué fiestecita de antología!
Con estas exclamaciones comienza otra historia del Roger, el amigo con manías andarinas del que ya les había contado. Pero ahora nada tienen qué hacer aquí esos vericuetos ambulatorios. No. El relato se refiere a otra de sus habilidades.
La reunión que provocó los efusivos comentarios que encabezan esta Crónica al vuelo discurría en un departamento de estudiantes. El motivo pudo ser cualquiera. En ese lugar y en esa época, no hacían falta muchos pretextos para emprender una reunión alcohólico-musical.
El problema, como siempre en esa época y en ese lugar, eran las provisiones. Sobre todo las graduadas por Gay-Lussac. En fin, mediante una solidaria cooperacha, con un ratillo de taloneo, el buen uso de la retórica con algún padre despistado... Se podía asegurar la francachela.
Se había llegado al punto donde aparecen guitarras, maracas, calves y otra parafernalia. Se entonaban ya baladas, boleros y otros cánticos, cuando desde la cocina, Roger, que fungía como barman, me llamó.
Hay un problema, me dijo. La última botella que quedaba era esta de vodka. Y cómo ves, con este último chorrito me acabo de preparar un trago.
Esto ya valió, dije. Creo que ya no juntamos para la otra. Chin.., apenas se estaba poniendo bueno.
Mmm..., murmuró. Creo que todavía puede hacerse algo.
Regresé a la sala un poco desilusionado, cuando vi que uno de los asistentes se dirigía a la cocina. Regresó con un vaso bien servido en la mano. Luego, pasó otro y otro... El desfile de rondas dio para llegar a la madrugada.
Intrigado, fui a indagar de dónde había salido la veta de alcohol que prodigaba mi amigo.
¿Oíste hablar de la trasmutación del agua en vino?, me preguntó. Pues más o menos, explicaba, mientras rellenaba la botella de vodka en la llave del fregadero, pera luego verterla en los vasos a los que añadía agua quinada.
Fue una de las peores borracheras psicológicas que he presenciado. Sólo espero que ninguno de aquellos contertulios reconozca esta historia. Por el bien de Roger.
De fantasmas
Carlos Alberto Patiño
Ya se nos acerca el Día de Muertos. Ya se organizan los halloween . El ambiente es propicio para hablar de fantasmas. Yo, escéptico como soy, no creo. Pero como dicen por ahí de las brujas, no existen, pero de que las hay, las hay.
Alguna vez, y ya les contaré la historia de una casa donde se aparecía “El Ingeniero”, me tocó estar cerca de esas experiencias, pero de constarme, nada.
Ahora les adelantaré un relato. Y espero que los colaboradores de Crónicas al vuelo aporten lo suyo. Sobre todo esa reportera, asidua de este espacio, que padece ratones y fantasmas en su casa.
El asunto es muy simple. Al gato del hogar, de vez en vez, se le eriza la pelambre. Así, nada más, sin que nadie sepa el porqué. Los amigos, de pensamiento mágico, como lo somos algunos, lo atribuyen a la percepción que los animales tienen sobre los espíritus errantes. Vale.
Esto se nos atraviesa con la tecnología. El hecho es que mi servicio de Internet empezó a fallar. Las direcciones no respondían. Cualquier consulta terminaba con un corte de enlace. Llame al proveedor. Me quejé con amargura, y, un montón de comunicados después, me dijo que, quizá era la línea.
La reporté, y ese mismo día llegó el técnico con un aparato sorprendente.
Seguía el cableado por las puras señales magnéticas. Apenas lo prendió y me dijo que la instalación eléctrica era un desastre. Todo estaba lleno de interferencias. Y el gato, perceptivo como es, se inquietaba por las señales.
Y luego, con toda la seguridad que le daba el conocimiento técnico, me dijo que en muchísimas casas, el cableado estaba tan mal, que la mayor parte de las cosas raras que ocurrían en los hogares, no son fantasmas, sino problemas de la instalación eléctrica, con los consecuentes campos magnéticos.
Ahí se los dejo a los creyentes de lo paranormal.
El hombre apagó su aparato. Me dijo que cambiando los cables, todo volvería a funcionar.
Y así fue.Aunque el gato no ha dejado de erizarse.
Ya se nos acerca el Día de Muertos. Ya se organizan los halloween . El ambiente es propicio para hablar de fantasmas. Yo, escéptico como soy, no creo. Pero como dicen por ahí de las brujas, no existen, pero de que las hay, las hay.
Alguna vez, y ya les contaré la historia de una casa donde se aparecía “El Ingeniero”, me tocó estar cerca de esas experiencias, pero de constarme, nada.
Ahora les adelantaré un relato. Y espero que los colaboradores de Crónicas al vuelo aporten lo suyo. Sobre todo esa reportera, asidua de este espacio, que padece ratones y fantasmas en su casa.
El asunto es muy simple. Al gato del hogar, de vez en vez, se le eriza la pelambre. Así, nada más, sin que nadie sepa el porqué. Los amigos, de pensamiento mágico, como lo somos algunos, lo atribuyen a la percepción que los animales tienen sobre los espíritus errantes. Vale.
Esto se nos atraviesa con la tecnología. El hecho es que mi servicio de Internet empezó a fallar. Las direcciones no respondían. Cualquier consulta terminaba con un corte de enlace. Llame al proveedor. Me quejé con amargura, y, un montón de comunicados después, me dijo que, quizá era la línea.
La reporté, y ese mismo día llegó el técnico con un aparato sorprendente.
Seguía el cableado por las puras señales magnéticas. Apenas lo prendió y me dijo que la instalación eléctrica era un desastre. Todo estaba lleno de interferencias. Y el gato, perceptivo como es, se inquietaba por las señales.
Y luego, con toda la seguridad que le daba el conocimiento técnico, me dijo que en muchísimas casas, el cableado estaba tan mal, que la mayor parte de las cosas raras que ocurrían en los hogares, no son fantasmas, sino problemas de la instalación eléctrica, con los consecuentes campos magnéticos.
Ahí se los dejo a los creyentes de lo paranormal.
El hombre apagó su aparato. Me dijo que cambiando los cables, todo volvería a funcionar.
Y así fue.Aunque el gato no ha dejado de erizarse.
Vivienda ideal
Jessica Zermeño
No era la típica familia mexicana. Aquella que podía sentarse a la mesa a platicar de las tareas escolares, de los problemas en la empresa y mucho menos de las próximas vacaciones de diciembre.
Su vida era errante. Un día fueron sorprendidos por la lluvia bajo el cobertizo de un local clausurado. El amplio techo de la entrada los protegió esa noche.
Desde ese día descubrieron un buen sitio donde vivir. Poco a poco fueron acondicionando el lugar.
El padre consiguió algunos costales. Entre las sobras de las cajas que generaba un centro de autoservicio recolectó grandes piezas de cartón que sirvieron para tener más intimidad en la nueva casa.
La madre se encargó de mantener limpio y acogedor el pequeño espacio bajo el cobertizo del inmueble.
Se volvieron personas muy trabajadoras en el semáforo de la esquina. La famosa casita de costal había tenido tal éxito que hasta visitas sociales recibía. Habían logrado nuevos amigos. De igual condición.
Cierto día fue extraño ver que al parecer se habían mudado, pero con todo y casa. No había más costales, no estaba el húmedo cartón y el rastro de aquella familia no estaba a su alrededor.
¿La familia había decidido irse? No. Alguien había ayudado a que su partida fuera apresurada. Nadie supo cómo fueron desalojados, a dónde fueron a dar sus pertenencias y finalmente nadie supo qué pasó con ellos.
Hoy todos conocen la entrada de aquel antro que fuera clausurado en tiempos de la delegada Dolores Padierna. Es tan extraño ver la puerta negra que durante meses fue la vivienda ideal de aquellos que hoy nada han de poseer.
No era la típica familia mexicana. Aquella que podía sentarse a la mesa a platicar de las tareas escolares, de los problemas en la empresa y mucho menos de las próximas vacaciones de diciembre.
Su vida era errante. Un día fueron sorprendidos por la lluvia bajo el cobertizo de un local clausurado. El amplio techo de la entrada los protegió esa noche.
Desde ese día descubrieron un buen sitio donde vivir. Poco a poco fueron acondicionando el lugar.
El padre consiguió algunos costales. Entre las sobras de las cajas que generaba un centro de autoservicio recolectó grandes piezas de cartón que sirvieron para tener más intimidad en la nueva casa.
La madre se encargó de mantener limpio y acogedor el pequeño espacio bajo el cobertizo del inmueble.
Se volvieron personas muy trabajadoras en el semáforo de la esquina. La famosa casita de costal había tenido tal éxito que hasta visitas sociales recibía. Habían logrado nuevos amigos. De igual condición.
Cierto día fue extraño ver que al parecer se habían mudado, pero con todo y casa. No había más costales, no estaba el húmedo cartón y el rastro de aquella familia no estaba a su alrededor.
¿La familia había decidido irse? No. Alguien había ayudado a que su partida fuera apresurada. Nadie supo cómo fueron desalojados, a dónde fueron a dar sus pertenencias y finalmente nadie supo qué pasó con ellos.
Hoy todos conocen la entrada de aquel antro que fuera clausurado en tiempos de la delegada Dolores Padierna. Es tan extraño ver la puerta negra que durante meses fue la vivienda ideal de aquellos que hoy nada han de poseer.
Vecinas justicieras
Jessica Zermeño
La música comenzó cerca de las tres de la mañana del domingo. Venía del departamento 13. Un potente estéreo y bocinas con sonido extremo, amenizaban la reunión. Los vecinos intentaron dormir. Sólo los de sueño pesado lo lograron. Desde hacía dos meses que los del 13 organizaban tres o cuatro fiestas entre semana. Todas comenzando a altas horas de la madrugada.
Ese día fue el colmo de los colmos. Eran cerca de las 10 de la mañana y la música electrónica seguía martirizando a las mentes de los inquilinos. Algunos gritaron desde sus ventanas: “Ya bájale”. Otros se aventuraron a tocar el timbre si respuesta de los alucinados jóvenes.
La casera comenzó a recibir llamadas de quejas vecinales en contra del inconsciente y festivo vecino.
Las mentes perturbadas y fastidiadas de los quejosos buscaron una solución. Fueron dos valientes mujeres quienes decidieron poner un alto a la “buena onda” de los “juniors” del 13. La misión era sencilla. Dejar de escuchar la música. Llegaron al centro de poder. La bodega de los medidores de luz. Detrás de una puerta con candado estaba su solución. Buscaron, pues, a la vecina que tenía la llave. Sin ningún remordimiento tomaron la palanca que cortaría la luz. La justiciera del 9 fue la heroína. Y a mitad de la canción, la energía del departamento 13 fue cancelada. Rápidamente cerraron la bodega. Subieron las escaleras, mientras el anfitrión de la reunión salía furioso. “Seguro fueron esas viejas” se escuchó entre la paz y tranquilidad del edificio de Nápoles 40. Las “viejas” disfrutaron arruinar la fiesta. La molestia de los del 13 se dejó escuchar, cuando en un intento desesperado, a grito pelón corearon “Así es la vida”, terminando con su diversión en espacio de 20 minutos.
Las proveedoras de la paz vecinal se salieron con la suya, dejando sobre la mesa la promesa que no habrá luz para el próximo “rave” organizado a las 3 de la mañana.
La música comenzó cerca de las tres de la mañana del domingo. Venía del departamento 13. Un potente estéreo y bocinas con sonido extremo, amenizaban la reunión. Los vecinos intentaron dormir. Sólo los de sueño pesado lo lograron. Desde hacía dos meses que los del 13 organizaban tres o cuatro fiestas entre semana. Todas comenzando a altas horas de la madrugada.
Ese día fue el colmo de los colmos. Eran cerca de las 10 de la mañana y la música electrónica seguía martirizando a las mentes de los inquilinos. Algunos gritaron desde sus ventanas: “Ya bájale”. Otros se aventuraron a tocar el timbre si respuesta de los alucinados jóvenes.
La casera comenzó a recibir llamadas de quejas vecinales en contra del inconsciente y festivo vecino.
Las mentes perturbadas y fastidiadas de los quejosos buscaron una solución. Fueron dos valientes mujeres quienes decidieron poner un alto a la “buena onda” de los “juniors” del 13. La misión era sencilla. Dejar de escuchar la música. Llegaron al centro de poder. La bodega de los medidores de luz. Detrás de una puerta con candado estaba su solución. Buscaron, pues, a la vecina que tenía la llave. Sin ningún remordimiento tomaron la palanca que cortaría la luz. La justiciera del 9 fue la heroína. Y a mitad de la canción, la energía del departamento 13 fue cancelada. Rápidamente cerraron la bodega. Subieron las escaleras, mientras el anfitrión de la reunión salía furioso. “Seguro fueron esas viejas” se escuchó entre la paz y tranquilidad del edificio de Nápoles 40. Las “viejas” disfrutaron arruinar la fiesta. La molestia de los del 13 se dejó escuchar, cuando en un intento desesperado, a grito pelón corearon “Así es la vida”, terminando con su diversión en espacio de 20 minutos.
Las proveedoras de la paz vecinal se salieron con la suya, dejando sobre la mesa la promesa que no habrá luz para el próximo “rave” organizado a las 3 de la mañana.
Ilusión amarrada
Jessica Zermeño
La tarea de conseguir el sustento se había convertido cada vez más difícil. Sobre todo en día festivo. Las calles estaban vacías. Fueron pocas las familias que salieron temprano de casa. Aún así comenzó su lento andar en busca de algunas monedas.
Su triste aspecto era el único motivo de la dádiva de los demás. Hace unos meses, aún tocaba una pequeña armónica. Aquella que encontró entre los escombros de una bolsa de basura.
Los días de música de viento habían terminado tras su último ingreso al hospital. Ese día cayó desmayado. De él se encargó la Cruz Roja. Pero a su armónica la olvidaron en la calle de Florencia.
Su vida se volvió más solitaria. Un pobre viejecillo sin música no podía más que esperar el sonido de una moneda caer en una lata. Pero la ciudad estaba vacía. Los comercios cerrados. Pocos vehículos que persuadir con una mirada. Desanimado caminó por las calles rumbo al Zócalo.
Su difícil andar lo hizo tropezar. Su visión apenas pudo reconocer aquel brillo tras las rejillas del respiradero del Metro en la avenida Chapultepec.
Una vieja armónica le llamaba a tan sólo unos 60 centímetros de distancia. Buscó un pedazo de alambre con el cual maniobrar el rescate del instrumento.
Se posó sobre la rejilla y paciente buscó la manera de sacar de ahí la que sería su única pertenencia. Tardó más de una hora. Su cansado pulso lo hacía perder el objeto. Estuvo a punto de rendirse, pero la ilusión de la música lo inspiró.
El agua había oxidado su valioso bien. Pero no lo abandonó, aprendió a obtener de esa triste armónica un sonido especial que le acompaña en días, tardes y noches de soledad. Ahora la ha amarrado a su cuello, para no volver a dejar su vida en la calle.
La tarea de conseguir el sustento se había convertido cada vez más difícil. Sobre todo en día festivo. Las calles estaban vacías. Fueron pocas las familias que salieron temprano de casa. Aún así comenzó su lento andar en busca de algunas monedas.
Su triste aspecto era el único motivo de la dádiva de los demás. Hace unos meses, aún tocaba una pequeña armónica. Aquella que encontró entre los escombros de una bolsa de basura.
Los días de música de viento habían terminado tras su último ingreso al hospital. Ese día cayó desmayado. De él se encargó la Cruz Roja. Pero a su armónica la olvidaron en la calle de Florencia.
Su vida se volvió más solitaria. Un pobre viejecillo sin música no podía más que esperar el sonido de una moneda caer en una lata. Pero la ciudad estaba vacía. Los comercios cerrados. Pocos vehículos que persuadir con una mirada. Desanimado caminó por las calles rumbo al Zócalo.
Su difícil andar lo hizo tropezar. Su visión apenas pudo reconocer aquel brillo tras las rejillas del respiradero del Metro en la avenida Chapultepec.
Una vieja armónica le llamaba a tan sólo unos 60 centímetros de distancia. Buscó un pedazo de alambre con el cual maniobrar el rescate del instrumento.
Se posó sobre la rejilla y paciente buscó la manera de sacar de ahí la que sería su única pertenencia. Tardó más de una hora. Su cansado pulso lo hacía perder el objeto. Estuvo a punto de rendirse, pero la ilusión de la música lo inspiró.
El agua había oxidado su valioso bien. Pero no lo abandonó, aprendió a obtener de esa triste armónica un sonido especial que le acompaña en días, tardes y noches de soledad. Ahora la ha amarrado a su cuello, para no volver a dejar su vida en la calle.
1/24/2005
Sin horario para matar
Jessica Zermeño
Era un viejo y ruidoso edificio de la colonia Juárez. Los más de 30 departamentos impedían la vida social entre los vecinos. Pocas personalidades eran reconocidas en los angostos pasillos. Las costumbres hacían que de alguna u otra manera se les identificara.
A los vecinos del 15 seguido los veían cocinando. Pero las vecinas de abajo, las del 9, tenían una sería queja contra ellos, pues les resultaba muy molesto que a las dos de la mañana realizaran el cambio de sus muebles.
Cierta noche, los gritos del 15 hicieron que el inquilino del 16 saliera en su auxilio. Un par de ratones de apenas unas semanas volvieron loco al edificio. Eran casi las tres de la mañana y la cacería apenas comenzaba.
Al tercer día un nuevo arrendatario volvió a perturbar la tranquilidad del lugar.
Eran las once de la noche y otra vez el arrastre de los muebles volvió a llamar la atención de las vecinas de abajo, quienes no entendían por qué sus vecinos tenían una sería obsesión con el movimiento del mobiliario del hogar.
Esa madrugada, las muchachas del nueve emprendían la tarea de preparar una rica cena a las dos de la mañana. Fue entonces cuando el correr de un peludo y diminuto ratón rompió la paz del edificio.
El grito aterrador de dos mujeres frente a la presencia de un roedor recorrió cada rincón del edificio.
Las chicas subieron a la cama. Desde ahí enfrentaron a la fiera. El ratón intentó escapar, cuando el reflejo inconsciente de una escoba en mano tapó el camino aventurado del descarado huésped.
Su frágil cuerpo quedó sin fuerza a unos pasos de la puerta. La valentía no era suficiente como para dar el golpe de gracia con la escoba. Fue entonces cuando un gentil caballero ayudó a matarlo sin remordimiento con un pisotón, con la esperanza de que eso le devolviera la calma para volver a dormir.
Ese día descubrieron que no hay hora para matar, cuando un ratón amenaza con quedarse y hacer de ese su hogar.
Era un viejo y ruidoso edificio de la colonia Juárez. Los más de 30 departamentos impedían la vida social entre los vecinos. Pocas personalidades eran reconocidas en los angostos pasillos. Las costumbres hacían que de alguna u otra manera se les identificara.
A los vecinos del 15 seguido los veían cocinando. Pero las vecinas de abajo, las del 9, tenían una sería queja contra ellos, pues les resultaba muy molesto que a las dos de la mañana realizaran el cambio de sus muebles.
Cierta noche, los gritos del 15 hicieron que el inquilino del 16 saliera en su auxilio. Un par de ratones de apenas unas semanas volvieron loco al edificio. Eran casi las tres de la mañana y la cacería apenas comenzaba.
Al tercer día un nuevo arrendatario volvió a perturbar la tranquilidad del lugar.
Eran las once de la noche y otra vez el arrastre de los muebles volvió a llamar la atención de las vecinas de abajo, quienes no entendían por qué sus vecinos tenían una sería obsesión con el movimiento del mobiliario del hogar.
Esa madrugada, las muchachas del nueve emprendían la tarea de preparar una rica cena a las dos de la mañana. Fue entonces cuando el correr de un peludo y diminuto ratón rompió la paz del edificio.
El grito aterrador de dos mujeres frente a la presencia de un roedor recorrió cada rincón del edificio.
Las chicas subieron a la cama. Desde ahí enfrentaron a la fiera. El ratón intentó escapar, cuando el reflejo inconsciente de una escoba en mano tapó el camino aventurado del descarado huésped.
Su frágil cuerpo quedó sin fuerza a unos pasos de la puerta. La valentía no era suficiente como para dar el golpe de gracia con la escoba. Fue entonces cuando un gentil caballero ayudó a matarlo sin remordimiento con un pisotón, con la esperanza de que eso le devolviera la calma para volver a dormir.
Ese día descubrieron que no hay hora para matar, cuando un ratón amenaza con quedarse y hacer de ese su hogar.
De tropiezos y cicatrices
JESSICA ZERMEÑO
Desde chiquita fue una niña que vivía atrapada por la fuerza de gravedad. Siempre caía. Pocas son las personas que pueden presumir de cicatrices aparatosas. Muchos por la gran inquietud de bebé por conocer el mundo. Así era Bere. Aunque algunos la creían atrabancada o distraída.
Fue una bebita apiñonada. Con poco pelito y de buen cachete. Siempre chapeado por los clásicos pellizcos en las mejillas.
Su primer gran tropiezo fue un día en casa de su abuela. Tenía como un año y medio. Regresaban de compras. La urgencia por llegar al baño la hizo tropezar y pegarse con el filo de la escalera. La abuela se espantó. Pensaron que se había sacado el ojo. Estuvo a punto de, pero no. Una gran cicatriz en forma de lágrima se alojó en su rostro. Quizá desde ahí llegó la mala racha de sus caídas.
A los cuatro años cayó rodando desde las tribunas de un Lienzo Charro. La pobre Bere rodó y rodó sin que nadie pudiera detenerla. Ese día muchos moretones y raspones la acompañaron, afortunadamente su complexión llenita le ayudó un poco a soportar.
A los siete años cayó de su vieja bicicleta, el tremendo golpe en la rodilla provocó la ira de su madre, quien ya le había advertido que tarde o temprano caería. Gran augurio, Bere siempre caía.
Con el paso del tiempo, las marcas de esa vida distraída fueron creciendo. Se rompió una muñeca, se quemó con un cigarro en la cara, sus dedos siempre quedaban atrapados en cajones y puertas del coche. Y cuando todo el mundo preguntaba por ella, era más fácil encontrarla en el suelo llorando por un nuevo moretón. Hasta llegaron a pensar que estaba salada.
Poco a poco ha ido dejando atrás esos días de cicatrices y dolores. Parece que finalmente es más cuidadosa de sí. Aún así tiene grandes historias que contar. Cada una de las huellas de esos tropiezos la ha ayudado a madurar.
Desde chiquita fue una niña que vivía atrapada por la fuerza de gravedad. Siempre caía. Pocas son las personas que pueden presumir de cicatrices aparatosas. Muchos por la gran inquietud de bebé por conocer el mundo. Así era Bere. Aunque algunos la creían atrabancada o distraída.
Fue una bebita apiñonada. Con poco pelito y de buen cachete. Siempre chapeado por los clásicos pellizcos en las mejillas.
Su primer gran tropiezo fue un día en casa de su abuela. Tenía como un año y medio. Regresaban de compras. La urgencia por llegar al baño la hizo tropezar y pegarse con el filo de la escalera. La abuela se espantó. Pensaron que se había sacado el ojo. Estuvo a punto de, pero no. Una gran cicatriz en forma de lágrima se alojó en su rostro. Quizá desde ahí llegó la mala racha de sus caídas.
A los cuatro años cayó rodando desde las tribunas de un Lienzo Charro. La pobre Bere rodó y rodó sin que nadie pudiera detenerla. Ese día muchos moretones y raspones la acompañaron, afortunadamente su complexión llenita le ayudó un poco a soportar.
A los siete años cayó de su vieja bicicleta, el tremendo golpe en la rodilla provocó la ira de su madre, quien ya le había advertido que tarde o temprano caería. Gran augurio, Bere siempre caía.
Con el paso del tiempo, las marcas de esa vida distraída fueron creciendo. Se rompió una muñeca, se quemó con un cigarro en la cara, sus dedos siempre quedaban atrapados en cajones y puertas del coche. Y cuando todo el mundo preguntaba por ella, era más fácil encontrarla en el suelo llorando por un nuevo moretón. Hasta llegaron a pensar que estaba salada.
Poco a poco ha ido dejando atrás esos días de cicatrices y dolores. Parece que finalmente es más cuidadosa de sí. Aún así tiene grandes historias que contar. Cada una de las huellas de esos tropiezos la ha ayudado a madurar.
Espíritu Olímpico
Jessica Zermeño
El deporte nunca había sido su fuerte. En la secundaria siempre era golpeada por los balones de básquet o de voleibol. Su resistencia para las carreras no era buena. Intentó en alguna ocasión la natación. Siempre obtenía el último lugar. Aún así deseaba llegar temprano a casa. El espíritu olímpico siempre ha contagiado hasta a los menos diestros en el deporte.
Eran las olimpiadas de Barcelona 92. Tenía tiempo de sobra para ver las trasmisiones por televisión. Poco entendía de reglas, pero tenía cierto gusto por las gimnastas. ¡Y es que quién no quiso ser una!
El gusto no era tan compatible con sus habilidades. Eso sin destacar que a los 12 años poco podía hacer ya. Entonces culpó a su madre. Aún lo hace, “por qué nunca me metió a clases de gimnasia”.
Pero a pesar de eso, tuvo acercamientos con tal disciplina. Durante esos juegos olímpicos, todo un gimnasio fue armado en la sala de la abuela. La vieja alfombra servía de área para los ejercicios libres. Ella, su hermana y una prima eran las competidoras. Otra hermana era obligada a ser el juez de la contienda.
La viga la improvisaban con dos bancos de la barra de la cocina y una madera de más de 20 centímetros de ancho. Ahí las acrobacias no eran tan espectaculares, pero era tal el riesgo que hubo varias lesiones entre las gimnastas.
Finalmente los ejercicios en las barras paralelas, eran adaptados a una sola del columpió del patio.
Los puntos en las diferentes disciplinas eran sumados. Las competidoras se ponían nerviosas al desconocer el resultado de la calificación del forzado juez. Finalmente eran nombrado el primero, segundo y tercer lugar. Y orgullosamente tomaban su lugar en el podium organizado con los sillones de la abuela. Nunca ganaría una medalla olímpica pero el sueño ficticiamente se había cumplido en aquellos días de infancia.
El deporte nunca había sido su fuerte. En la secundaria siempre era golpeada por los balones de básquet o de voleibol. Su resistencia para las carreras no era buena. Intentó en alguna ocasión la natación. Siempre obtenía el último lugar. Aún así deseaba llegar temprano a casa. El espíritu olímpico siempre ha contagiado hasta a los menos diestros en el deporte.
Eran las olimpiadas de Barcelona 92. Tenía tiempo de sobra para ver las trasmisiones por televisión. Poco entendía de reglas, pero tenía cierto gusto por las gimnastas. ¡Y es que quién no quiso ser una!
El gusto no era tan compatible con sus habilidades. Eso sin destacar que a los 12 años poco podía hacer ya. Entonces culpó a su madre. Aún lo hace, “por qué nunca me metió a clases de gimnasia”.
Pero a pesar de eso, tuvo acercamientos con tal disciplina. Durante esos juegos olímpicos, todo un gimnasio fue armado en la sala de la abuela. La vieja alfombra servía de área para los ejercicios libres. Ella, su hermana y una prima eran las competidoras. Otra hermana era obligada a ser el juez de la contienda.
La viga la improvisaban con dos bancos de la barra de la cocina y una madera de más de 20 centímetros de ancho. Ahí las acrobacias no eran tan espectaculares, pero era tal el riesgo que hubo varias lesiones entre las gimnastas.
Finalmente los ejercicios en las barras paralelas, eran adaptados a una sola del columpió del patio.
Los puntos en las diferentes disciplinas eran sumados. Las competidoras se ponían nerviosas al desconocer el resultado de la calificación del forzado juez. Finalmente eran nombrado el primero, segundo y tercer lugar. Y orgullosamente tomaban su lugar en el podium organizado con los sillones de la abuela. Nunca ganaría una medalla olímpica pero el sueño ficticiamente se había cumplido en aquellos días de infancia.
La reina de la calle
Jessica Zermeño
El despertador sonó a las 7 de la noche. El tiempo apremiaba. Aunque las ganas de salir de casa tampoco la apuraban. El gas se había terminado desde hacía una semana. Temía al regaderazo con agua fría, pero había que hacerlo.
El ruido de los vecinos del departamento 18 y los albañiles que taladraban el piso de uno de los comercios del viejo edificio, había perturbado su sueño. Sobre todo por el eco que siempre hacía que las conversaciones se escucharan a diestra y siniestra. Era difícil no enterarse de lo que se decía de ella.
No más de tres minutos duró el baño. El frío recorrió su cuerpo escuálido. Jamás pensó que llegaría a ser tan flaca. Las malas pasadas habían superado a los días de dietas cuando aún estudiaba la preparatoria.
Se vistió de rojo. De tela ceñida al cuerpo. Dejó su cabello suelto. Abrochó los zapatos de tacón. Sacudió el abrigo, aún con gotas de la lluvia del día anterior.
Buscó el paraguas. No estaba dispuesta a soportar el mal tiempo y encima las duchas de agua helada. Maquilló su rostro para verse mayor.
Esperó un poco antes de salir del departamento. Escuchó detrás de la puerta, para evitar el contacto visual con los vecinos. La hora siempre le ayudaba mucho. A las diez de la noche, las familias ya estaban reunidas en casa. Algunas en la cena o el debate de las tareas domésticas.
Sigilosamente intentaba callar el rechinito de la oxidada puerta. Entre los pasillos obscuros se perdía su imagen. Ya en la calle, era inevitablemente ser carcomida por las miradas de hombres y mujeres. Su pelo ocultaba su rostro apenado. Aunque con el paso de las cuadras, otra personalidad comenzaba apropiarse de ella. Su paso se volvía más pronunciado y si, el clima estaba a su favor, se despojaba del abrigo que intentaba cubrirla.
Entonces, la frágil muchacha se convierte en la reina de la calle.
El despertador sonó a las 7 de la noche. El tiempo apremiaba. Aunque las ganas de salir de casa tampoco la apuraban. El gas se había terminado desde hacía una semana. Temía al regaderazo con agua fría, pero había que hacerlo.
El ruido de los vecinos del departamento 18 y los albañiles que taladraban el piso de uno de los comercios del viejo edificio, había perturbado su sueño. Sobre todo por el eco que siempre hacía que las conversaciones se escucharan a diestra y siniestra. Era difícil no enterarse de lo que se decía de ella.
No más de tres minutos duró el baño. El frío recorrió su cuerpo escuálido. Jamás pensó que llegaría a ser tan flaca. Las malas pasadas habían superado a los días de dietas cuando aún estudiaba la preparatoria.
Se vistió de rojo. De tela ceñida al cuerpo. Dejó su cabello suelto. Abrochó los zapatos de tacón. Sacudió el abrigo, aún con gotas de la lluvia del día anterior.
Buscó el paraguas. No estaba dispuesta a soportar el mal tiempo y encima las duchas de agua helada. Maquilló su rostro para verse mayor.
Esperó un poco antes de salir del departamento. Escuchó detrás de la puerta, para evitar el contacto visual con los vecinos. La hora siempre le ayudaba mucho. A las diez de la noche, las familias ya estaban reunidas en casa. Algunas en la cena o el debate de las tareas domésticas.
Sigilosamente intentaba callar el rechinito de la oxidada puerta. Entre los pasillos obscuros se perdía su imagen. Ya en la calle, era inevitablemente ser carcomida por las miradas de hombres y mujeres. Su pelo ocultaba su rostro apenado. Aunque con el paso de las cuadras, otra personalidad comenzaba apropiarse de ella. Su paso se volvía más pronunciado y si, el clima estaba a su favor, se despojaba del abrigo que intentaba cubrirla.
Entonces, la frágil muchacha se convierte en la reina de la calle.
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